noviembre 20, 2017

No me gustan los días en que me quedo en casa.

Los días en los que me quedo en casa dejaron de gustarme. Despierto, me preparo café y me quedo metida en las cobijas viendo alguna serie, leyendo el libro en turno o escuchando algún disco de la colección. Me levanto a comer y vuelvo a la cama, como si este fuera un ritual. Cada cinco minutos reviso el celular por si tengo alguna notificación, mantengo el sonido encendido y aunque no ha hecho ruido desde las últimas cuatro horas, enciendo la pantalla con un poco de esperanza. Los días en los que me quedo en casa dejaron de gustarme. Y es que, para mi mala fortuna, aún te extraño. Aún sigo soñando contigo y de vez en cuando, imagino que encontraré tu coche aparcado afuera de mi casa, esperándome porque tenías ganas de verme y de hablar conmigo. 
Hay días en los que todavía me dan ganas de llorar, pero me hago la fuerte. Me digo que ya debería comportarme como una mujer. En los últimos días comprendí que la guerra la había perdido, cuando no ha pasado una noche en que no piense en ti antes de dormir.
Los días en los que me quedo en casa dejaron de gustarme. Es cuando más te pienso porque no estoy ocupada en cosas que requieran mi total atención. Las canciones me saben a ti y aún después de tanto tiempo me descubro pensando que quizá esa o aquella podría gustarte. De un tiempo para acá decidí no volver a pasar por el pasillo de arte de la librería, pero todavía pasa que cuando entro, voy a dar vuelta a la derecha, donde está ubicada la estantería. Me paro en seco y sigo hacia el frente, donde se alcanza a ver "literatura iberoamericana" y ahí me quedo. Hay días en los que salgo sin comprar nada, otros en los que me hubiera gustado tener más dinero. Pero lo que nunca me falta es esa como nostalgia que se vuelve tu compañera.
A veces, quisiera que me quitaran esta necedad. Pero son estos días en los que me quedo en casa en los que me gustaría que estuvieras aquí. Quizá viendo Interestellar o The Martian. O hasta The Witch.

Pero que estuvieras.

noviembre 12, 2017

En cámara lenta.

No cruzamos palabra en toda la noche, sólo nos hacíamos compañía. Saludabas a todas las personas y yo sólo recargaba mi brazo en el respaldo de tu silla, con la otra mano me llevaba el cigarro a la boca y soltaba el humo lo más lejos posible para que no te llegara. No te gustaba que fumara, pero te gustaba el aroma del cigarro combinado con el de mi ropa. Bebíamos vino tinto, sonreías a todo el mundo, te levantabas de vez en cuando a bailar mientras yo me quedaba observándote entre el humo de mi cigarro. Ibas de un lado a otro, al ritmo de la música que alguien estaba reproduciendo desde una lista de Spotify. 

No dejabas de sonreír, los rizos de tu cabello se movían como resortes en cámara lenta, de vez en cuando cerrabas los ojos, como si así la música pudiera entrar más en tu cuerpo. Las luces del lugar te seguían en cada movimiento, no podía apartar la vista de ti, envuelta en ese vestido negro lleno de luces. Daba pequeños tragos a la copa que descansaba en la mesa, desde donde te observaba. No podía dejar de pensar en ti aún cuando estabas a escasos metros de distancia. Me preguntaba como le había hecho para dejarte ir. Sentía el calor del vino pasando por mi garganta al tiempo que descorchaba otra botella, mantenía el cigarro en la boca y podía sentir el humo paseando por mis ojos. Siempre me ha gustado el sonido que hace el vino al salir de la botella.

Poco a poco las personas fueron desapareciendo, dejando solo a unos cuantos refugiándose en los calefactores. El frío de la madrugada siempre me ha parecido el más salvaje de todos, ese tipo de frío que incita a servir un poco de whisky. No hablamos. Nos tomábamos la mano por debajo de la mesa, te acerqué mi saco para que te cubrieras porque estabas temblando. Platicabas con la persona de al lado, reías. Maldita sea, como me encantaba escucharte reír.

No cruzamos palabras en toda la noche, pero en mi cabeza mil historias sobre ti me inventé. Mientras bebía tinto, mientras te veía bailar y saltar bajo las luces tenues que decoraban el jardín. Te veía sonreír al tiempo que tu imagen se llenaba del humo que exhalaba, comenzaba a verte borrosa, cada vez más lejos, las personas ya no estaban, la música había dejado de escucharse, ya no había más sillas, no había nada. Sólo yo, sentada en medio del jardín, mi saco en el suelo y el montón de imágenes reproduciéndose en mi cabeza. 

Anoche que soñé contigo, me habías invitado a una fiesta. 

La diferencia.

Aún hay ocasiones en las que te pienso a deshoras, pero no me incomoda más tu fantasma. Ya no escribo notas en las servilletas de lo...