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Una mañana


Todo fue tan raro. Cuando desperté la cama estaba vacía, había recuerdos por toda la habitación. Las cortinas serpenteaban con las ligeras ráfagas de viento que entraban por mi ventana. Escuchaba claramente el paso de los vehículos, el sonido del ventilador, la radio que solo sintoniza una estación sin ponerse loca.
Tenía los ojos rojos de tanto llorar, no recordaba en que momento me había quedado dormida. La espalda me ardía, el corazón latía con fuerza, como si se fuera a salir de su lugar, la alarma de mi teléfono celular comenzó a sonar, faltaban cinco minutos para las seis de la mañana. Era lunes.
Me levanté como pude y me acerqué a la cafetera a servirme una taza, no había nada, lo olvidé anoche. Saqué la bolsa de la alacena y puse a funcionar la máquina. Caminé descalza por toda la casa, sintiendo el frío del suelo, caminaba de un lado a otro sin saber donde detenerme ¿detenerme para qué? Nunca lo supe.
Entré en la regadera y abrí la llave del agua fría, me caló todos los huesos, me estremeció como si una descarga eléctrica me hubiera machacado el cuerpo, dejé escapar un suspiro profundo, tan hondo que no me di cuenta cuando las lágrimas se mezclaron con el agua de la regadera, me apoyé de la pared para no resbalar. Podía sentir el agua cayendo en la espalda. Podía sentir como si el agua se fuera llevando mis pedazos. Como si quisiera llevarse todo lo que ya no necesitaba.
Salí de la regadera y apagué la radio que sólo puede sintonizar una estación. Me tenía cansada la voz del locutor, con ese acento sureño que tanto detesto.
Tomé mi teléfono celular y encendí las bocinas. Dejé que el aleatorio hiciera su trabajo. Me quedé envuelta en la toalla de baño, sentada en la sala, con el cabello mojado cuando saltó sin avisar, una canción que comenzaba a saturar el ambiente con el recuerdo de aquella noche en su habitación. Con solo la luz que alcanzaba a filtrarse por las persianas. Aquel cuarto frío que muchas veces la hizo de refugio para nuestros encuentros furtivos. Abrí los ojos... había un dolor punzante en mi pecho, como un pequeño calambre que va de la garganta al corazón.
Todo fue tan raro. No podía seguir escuchando aquella melodía, no soportaba el timbre de voz de Beth Gibbons, no podía escucharla sin sentir el crujido de mis huesos, como si me los trituraran. Y tampoco era capaz de detenerla. Tenía que terminar en algún momento, tenía que callarse, tenía que dejar de recordarme lo vulnerables que somos ante los recuerdos que más atesoramos.
Y ahí estaba, sin poder moverme, envuelta en una toalla de baño con el cabello mojado, mientras la cafetera hacía su trabajo, mientras el tiempo seguía corriendo, con Beth Gibbons abriendo caminos en mi cabeza, con el suelo frío calando en mis pies.
No había lugar a donde ir, no había forma de escapar, no podía cerrar los ojos sin ver los tuyos. Por hoy no encontré salida. Me levanté del sillón, solté la toalla de baño y me enfundé en la armadura del día. Me miré en el espejo y como pude cubrí las ojeras, acomodé mi cabello y salí de casa, me puse los audífonos y volví al tema. Seleccioné “Roads” de la lista de reproducción, el camino todavía era largo y me quedaba la esperanza de poder tirar la tristeza en la calle.



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