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Pequeña libreta roja.



Algún día voy a escribir nuestra historia, para que sepan que la vida es lo mejor que nos puede pasar. 28 de agosto de 2015.

Le escribí aquello hace un par de años en una libreta roja, que ahora tengo de vuelta, le escribí porque estaba por salir de viaje a Orlando, era la primera vez que viajaba completamente sola y estaba aterrada, le habían contado un montón de cosas acerca del aeropuerto de Dallas y de cómo tenía que moverse a la velocidad de los chitas antes de que los montones de orientales, desembocaran en ese lugar cómo un cardumen de atún.
Aquella libreta me la regaló una de mis mejores amigas en una ida a un café que con el tiempo dejó de existir, siempre me ha gustado que me regalen libretas, aunque casi siempre termino por abandonarlas un tiempo. Me pareció una idea escribirle algo y que se lo llevara, la libreta es pequeña, no le iba ocupar mucho espacio. Siempre he sido pésima para elegir obsequios, pero me pareció la mejor idea del mundo que la llevara. Me gustaba la idea de que pensara en mí de vez en cuando aunque estuviera tan lejos.
Estuve con ella un día antes de que partiera, se suponía que la ayudaría a empacar la ropa y los documentos, pero honestamente no podía hacer otra cosa que perderme en ella. No podía dejar de verla, no podía dejar de emocionarme al escucharla hablar, no podía no sentir nada por ese ser humano que tenía frente a mis ojos, respirando el mismo aire que yo. Me tenía completamente a su merced.
Me quedé hasta tarde, como casi siempre que lo hacía cuando estaba en su casa. Aunque tuviera que irme, adoraba quedarme. Me encantaba el olor a vainilla y las galletas de nuez. Me gustaba pisar descalza el suelo frío bajo las escaleras y sentarme en aquel sillón, en el lado donde te pega directo el aire acondicionado. Aquel lugar, donde por primera vez, aceptamos el amor que se nos otorgaba.
Amaba estar ahí, aunque no se lo dijera abiertamente, aunque solo me perdiera en sus ojos, amaba estar ahí. Me encantaba la curva de su nariz y sus labios, su cabello capaz de atraparme para siempre, sus mandos delgadas y suaves, su espalda y sus lunares. Amaba la forma de su cuello cuando se hacía de lado y la forma de sus orejas. El hueco de su clavícula y el camino de sus hombros hasta su abdomen. Amaba mi lado de la cama porque despertaba viendo su colección de películas y su rollo de goma de mascar.
Amaba las madrugadas compartidas y los abrazos entre sueño y sueño, sus pies fríos y su respiración tan apacible, tan de “aquí no pasa nada” y si pasa, ojalá que pasara mucho.
Amaba todas esas simplezas que la vida nos regala, la amaba a ella como nunca a nadie más. Guardaba en mi memoria cada visita, cada mirada, cada sonrisa, como aquella que se te salió cuando te asustaste. Apenas y podías correr porque en Orlando te lastimaste el pie.
Cómo olvidar cuando te fui a buscar al aeropuerto y solo atinaste a decirme hola. Igual que cuando aparecí en tu cena de cumpleaños en una ciudad que no era la nuestra y enfermaste de gripa. Tantos recuerdos, tantas fotografías, tanto amor que no me cabe en el alma. Prometí que un día iba a escribir nuestra historia y hoy voy empezando.

Porque a veces te quedas con tanto amor que ya no sabes qué hacer con el.



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