septiembre 17, 2017

Una mañana


Todo fue tan raro. Cuando desperté la cama estaba vacía, había recuerdos por toda la habitación. Las cortinas serpenteaban con las ligeras ráfagas de viento que entraban por mi ventana. Escuchaba claramente el paso de los vehículos, el sonido del ventilador, la radio que solo sintoniza una estación sin ponerse loca.
Tenía los ojos rojos de tanto llorar, no recordaba en que momento me había quedado dormida. La espalda me ardía, el corazón latía con fuerza, como si se fuera a salir de su lugar, la alarma de mi teléfono celular comenzó a sonar, faltaban cinco minutos para las seis de la mañana. Era lunes.
Me levanté como pude y me acerqué a la cafetera a servirme una taza, no había nada, lo olvidé anoche. Saqué la bolsa de la alacena y puse a funcionar la máquina. Caminé descalza por toda la casa, sintiendo el frío del suelo, caminaba de un lado a otro sin saber donde detenerme ¿detenerme para qué? Nunca lo supe.
Entré en la regadera y abrí la llave del agua fría, me caló todos los huesos, me estremeció como si una descarga eléctrica me hubiera machacado el cuerpo, dejé escapar un suspiro profundo, tan hondo que no me di cuenta cuando las lágrimas se mezclaron con el agua de la regadera, me apoyé de la pared para no resbalar. Podía sentir el agua cayendo en la espalda. Podía sentir como si el agua se fuera llevando mis pedazos. Como si quisiera llevarse todo lo que ya no necesitaba.
Salí de la regadera y apagué la radio que sólo puede sintonizar una estación. Me tenía cansada la voz del locutor, con ese acento sureño que tanto detesto.
Tomé mi teléfono celular y encendí las bocinas. Dejé que el aleatorio hiciera su trabajo. Me quedé envuelta en la toalla de baño, sentada en la sala, con el cabello mojado cuando saltó sin avisar, una canción que comenzaba a saturar el ambiente con el recuerdo de aquella noche en su habitación. Con solo la luz que alcanzaba a filtrarse por las persianas. Aquel cuarto frío que muchas veces la hizo de refugio para nuestros encuentros furtivos. Abrí los ojos... había un dolor punzante en mi pecho, como un pequeño calambre que va de la garganta al corazón.
Todo fue tan raro. No podía seguir escuchando aquella melodía, no soportaba el timbre de voz de Beth Gibbons, no podía escucharla sin sentir el crujido de mis huesos, como si me los trituraran. Y tampoco era capaz de detenerla. Tenía que terminar en algún momento, tenía que callarse, tenía que dejar de recordarme lo vulnerables que somos ante los recuerdos que más atesoramos.
Y ahí estaba, sin poder moverme, envuelta en una toalla de baño con el cabello mojado, mientras la cafetera hacía su trabajo, mientras el tiempo seguía corriendo, con Beth Gibbons abriendo caminos en mi cabeza, con el suelo frío calando en mis pies.
No había lugar a donde ir, no había forma de escapar, no podía cerrar los ojos sin ver los tuyos. Por hoy no encontré salida. Me levanté del sillón, solté la toalla de baño y me enfundé en la armadura del día. Me miré en el espejo y como pude cubrí las ojeras, acomodé mi cabello y salí de casa, me puse los audífonos y volví al tema. Seleccioné “Roads” de la lista de reproducción, el camino todavía era largo y me quedaba la esperanza de poder tirar la tristeza en la calle.



septiembre 09, 2017

Serenidad.

Dicen que la parte más difícil es aceptar y continuar.
La casa está llena de recuerdos tuyos, el suéter, las figuras, la acuarela, las notas que me escribiste y que están guardadas entre las páginas de mis libros, están también todas esas canciones que nos apropiamos y que cuando suenan, escucho con un ligero golpe en el corazón. Marcas indelebles de cuando fuimos felices. No sé si hoy es el adiós, si es un hasta luego. No tengo la certeza de nada, mañana bien podemos desaparecer y no me gustaría que el mundo terminara, sin saber a donde voy ir.
Voy a cambiar la música cada noche, también la marca de mis cigarrillos o puede que esta vez los deje definitivamente. Me voy a levantar temprano para preparar y desayunar hot cakes en domingo. Placeres sencillos que ahora escasean.
Siempre podré sacudirme el polvo de las rodillas.

No todo está perdido, mientras nos quede la sonrisa.




septiembre 03, 2017

Pequeña libreta roja.



Algún día voy a escribir nuestra historia, para que sepan que la vida es lo mejor que nos puede pasar. 28 de agosto de 2015.

Le escribí aquello hace un par de años en una libreta roja, que ahora tengo de vuelta, le escribí porque estaba por salir de viaje a Orlando, era la primera vez que viajaba completamente sola y estaba aterrada, le habían contado un montón de cosas acerca del aeropuerto de Dallas y de cómo tenía que moverse a la velocidad de los chitas antes de que los montones de orientales, desembocaran en ese lugar cómo un cardumen de atún.
Aquella libreta me la regaló una de mis mejores amigas en una ida a un café que con el tiempo dejó de existir, siempre me ha gustado que me regalen libretas, aunque casi siempre termino por abandonarlas un tiempo. Me pareció una idea escribirle algo y que se lo llevara, la libreta es pequeña, no le iba ocupar mucho espacio. Siempre he sido pésima para elegir obsequios, pero me pareció la mejor idea del mundo que la llevara. Me gustaba la idea de que pensara en mí de vez en cuando aunque estuviera tan lejos.
Estuve con ella un día antes de que partiera, se suponía que la ayudaría a empacar la ropa y los documentos, pero honestamente no podía hacer otra cosa que perderme en ella. No podía dejar de verla, no podía dejar de emocionarme al escucharla hablar, no podía no sentir nada por ese ser humano que tenía frente a mis ojos, respirando el mismo aire que yo. Me tenía completamente a su merced.
Me quedé hasta tarde, como casi siempre que lo hacía cuando estaba en su casa. Aunque tuviera que irme, adoraba quedarme. Me encantaba el olor a vainilla y las galletas de nuez. Me gustaba pisar descalza el suelo frío bajo las escaleras y sentarme en aquel sillón, en el lado donde te pega directo el aire acondicionado. Aquel lugar, donde por primera vez, aceptamos el amor que se nos otorgaba.
Amaba estar ahí, aunque no se lo dijera abiertamente, aunque solo me perdiera en sus ojos, amaba estar ahí. Me encantaba la curva de su nariz y sus labios, su cabello capaz de atraparme para siempre, sus mandos delgadas y suaves, su espalda y sus lunares. Amaba la forma de su cuello cuando se hacía de lado y la forma de sus orejas. El hueco de su clavícula y el camino de sus hombros hasta su abdomen. Amaba mi lado de la cama porque despertaba viendo su colección de películas y su rollo de goma de mascar.
Amaba las madrugadas compartidas y los abrazos entre sueño y sueño, sus pies fríos y su respiración tan apacible, tan de “aquí no pasa nada” y si pasa, ojalá que pasara mucho.
Amaba todas esas simplezas que la vida nos regala, la amaba a ella como nunca a nadie más. Guardaba en mi memoria cada visita, cada mirada, cada sonrisa, como aquella que se te salió cuando te asustaste. Apenas y podías correr porque en Orlando te lastimaste el pie.
Cómo olvidar cuando te fui a buscar al aeropuerto y solo atinaste a decirme hola. Igual que cuando aparecí en tu cena de cumpleaños en una ciudad que no era la nuestra y enfermaste de gripa. Tantos recuerdos, tantas fotografías, tanto amor que no me cabe en el alma. Prometí que un día iba a escribir nuestra historia y hoy voy empezando.

Porque a veces te quedas con tanto amor que ya no sabes qué hacer con el.



Clavos de olor.

La música comenzó a sonar con fuerza en mi cabeza, mis dedos tamborileaban la mesa donde descansaba el cenicero y un tarro de cerv...