abril 14, 2017

De como era antes.


Foto vía @ehlockscreentwo 

Es curioso. Escribimos más de la cuenta cuando no encajamos. Encontramos trágico cualquier cosa, un tenedor colocado en el lado equivocado de la mesa, la servilleta mal doblada. El café soluble que compramos cuando estamos a fin de mes y se nos ha terminado el dinero. Todos somos la reina del drama hasta que nos acomodan las vértebras con una sacudida inesperada. Y entonces, todo parece ir bien. Todo es tan jodidamente perfecto que a veces te preguntas si no es una mala jugada de la vida. O realmente mereces estar donde estás.

Aún soy la clase de persona que se levanta (más a fuerza de que ganas) temprano en la mañana a preparar una jarra de café y leer lo que está pasando allá afuera. La misma persona que sale corriendo al trabajo con el termo en una mano y la mochila en la otra, corriendo para no llegar tarde a la oficina otra vez. "Mañana sí llego temprano" me digo. Y aunque en otro tiempo, estaría de mal humor, irritable y con ganas de asesinar a todo el mundo. Hoy es diferente. Aunque sigo escuchando la misma música, los mismos grupos y moviendo la cabeza con la misma tonta canción de death metal. Hoy es diferente desde hace un par de años.

Y es diferente porque aunque a veces nos cansemos de decir que otras personas no pueden ser motivo de felicidad, lo son. Y la razón es que sin esa persona, el mundo no sería lo mismo. 
Todavía me pregunto si algo bueno hice en algún punto de mi vida. 

Aunque nunca me he considerado buena para escribir, me da por extrañar aquellos textos en donde sacaba toda esa rara sensación de estar peleada con el mundo. Esa rara sensación enfado injustificado.  Y ahora lo único en lo que pienso al escribir, es en ti. 

Clavos de olor.