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Despedidas obligadas.


Escuché aquella frase que dice "No tires la toalla" y me dieron ganas de responder, yo no la tiré, me la tiraron. Así de ridículo. De pronto cuando voy caminando y escuchando la música de siempre, pienso puras estupideces. En ti, por ejemplo. Y pienso y pienso y pienso y así hasta que me canso y me fumo un cigarro. A veces dos, a veces tres. Todo depende de las ganas que tenga de morirme en ese momento. Aunque no me moriría por ti. Sería tonto ¿no?

¿Entonces a qué viene todo esto? a veces me pregunto, porque también he desarrollado el hábito de hablar sola continuamente. Pues, te cuento. Los dos primeros días o tres, me llevó el demonio. Al siguiente, afortunadamente, ya estaba pensando en whisky y en ti, otra vez. No estoy enojada, ni sentimental, ni nada de eso que dicen, se siente. Pero eso es lo más triste, no sentir absolutamente nada o mejor dicho, no saber qué sentir. Porque mira, yo ya me había preparado para recoger de la basura todos mis sentimientos por ti. Y también me había preparado para gritar de felicidad. Ambas cosas y en ese orden. Pero una mierda, no estaba preparada para tu silencio. Así que tuve que responderme yo sola porque tú no fuiste capaz de hacerlo.

En los días subsecuentes no ocurrió evento alguno del que pudiera hablar ahora. Todo siguió en calma, seguí haciendo las mismas cosas, visitando a las mismas personas, escuchando la misma música y fumando la misma marca de cigarrillos. Borré tu número de teléfono porque el whisky traiciona a los débiles. Y me despedí de ti. No llevo nada conmigo más que el recuerdo de aquellas noches en las que no podía dormir. La única foto que tenía ya no existe y la promesa de una nueva, la guardé en el cajón junto con las cartas que jamás escribí. 

Me fui de tu sala de espera porque las revistas eran horribles y mi turno parecía no llegar nunca. Decidí salir a divertirme y dejé de pensar en lo interesante que sería que estuvieras tú y no alguien más. Los cuentos de hadas se hicieron para leerse y nada más.








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