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Once años.




Dolió. De una forma muy parecida a cuando la delgada hoja de afeitar, abre surcos en la piel. Era un dolor silencioso, progresivo. Quería gritar pero mi voz se ahogaba. Se perdía en este escenario, al que nunca supe como fue que llegué. Me encontraba en casa, de eso podía estar segura. Pero era diferente, era igual a cuando tenía once años. El calentador de agua, nuevamente, necesitaba de leña y cerillas. La puerta de la regadera tenía ese penoso color naranja que tanto odiaba. Y sin embargo, me daba cuenta de que no tenía once años y que era imposible que, de la nada, el pasado se materializara frente a mis ojos.

Entré y todo estaba a oscuras, solo se escuchaba el ruido del refrigerador. Abrí la puerta de la habitación del fondo, esperaba encontrarla ocupada por un cuerpo. Esperaba escuchar su acompasada respiración, el olor a brillantina tan característico. Pero no había nadie, la cama estaba hecha, la pequeña televisión a blanco y negro descansaba sobre el buró, igual que cuando tenía once años, pero nadie estaba ahí. Pasé a la siguiente habitación, la que ocupé durante tanto. Pero también estaba vacía. El aparato de sonido panasonic, se encontraba en un enorme mueble de madera y la silla mecedora, frente a él. Señal de que alguien había pasado la tarde meciéndose con música. Nadie se encontraba en casa y era muy tarde para estar dando un paseo, además podía ver el coche estacionado bajo la sombra del pingüico.

Caminé hasta la cocina. Había comida, todavía caliente, en los sartenes. Me faltaba un lugar por recorrer, decididamente dejé esa habitación para el último, esperaba, al entrar, ver a tía, atravesada en el suelo, donde solía dormir antes de casarse, porque dice que en el suelo, se descansa mucho mejor, pero las mantas estaban pulcramente dobladas en una esquina del cuarto de abuela. Y abuela, tampoco estaba. Desde el principio estuvo claro que no había nadie. Quizá lo estaban poco antes de que yo llegase. No lo sé. Regresé al patio y ahí se encontraba la enorme planta morada. Pata de león, supe que se llamaba mucho después. La misma planta, donde a los once años, quedé atrapada con todo y bicicleta porque ya me habían dicho que no debía pedalear dentro de casa y no hice caso.

Respiraba el aire del pasado y aún no entendía la razón de mi estancia aquí. Me tiré en el suelo y recliné la espalda en uno de los extremos del enorme portón verde. Me sentía cansada y la cabeza comenzaba a doler. Dolía mucho y no era parecido al de la delgada hoja de afeitar abriendo surcos en la piel. Era un dolor punzante, amenazador. Recorría a grandes velocidades todas mis terminaciones nerviosas, las zarandeaba hasta dejarlas fatigadas. No me sentía capaz de abrir los ojos y estos empezaban a humedecerse. Lloraba exactamente igual a como lo hacía a los once años cuando me raspaba las rodillas. Igual a cuando me abrí la cabeza con el cristal de la ventana y la sangre manchó mi camiseta de Snoopy. Lloraba, no sé si de dolor o de miedo o ambos. Miedo a que al abrir los ojos ya no estuviera todo esto. Dolor, ese dolor que no podía recordar de donde provenía. Porque todo había empezado así, con un ligero dolor cerca del corazón.

Comencé a sentir frío y un agudo sonido, un odioso sonido a cortos tiempos, llegaba hasta mí, extendí las manos para ir palpando la superficie que ya no era de concreto firme, sino suave y un tanto fría. Abrí los ojos, todavía húmedos y aunque no pudiera verlos, estaba segura de su color rojizo. Encendí la lámpara y con un poco de dificultad alcancé el jodido despertador. El amanecer entraba por las persianas de mi habitación, el ruido de los automóviles ya me era tremendamente familiar y el olor a café recorría toda la casa, cómo cada mañana. Cogí el móvil, tenía varias notificaciones en esa aplicación de mensajería instantánea. La mayoría eran de amigos que habían entablado una jocosa plática en la madrugada. El otro era de una amistad que tenemos en común, anoche, antes de dormir me dijo que te había visto muy feliz con alguien. Entonces recordé de donde había venido el dolor cerca del pecho, eras tan feliz que cuando te pregunté cómo estabas, decidiste  guardar silencio.  Por eso necesitaba, una sola vez, de esa niña de once años, que pasaba las tardes frente al equipo de sonido panasonic meciéndose con la música. Ella estaba protegida, segura, sin una cama fría y vacía.

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