noviembre 12, 2013

No le cuentes a mi madre.




Echo de menos ponerme hasta el huevo. Rezarle a dios todos los domingos porque siento que me lleva la verga. Revisarme los bolsillos de los jeans que he usado durante tres días y no encontrar nada. Ni el pinche encendedor que saqué de la primera fiesta a la que llegué esa noche. También echo de menos el olor a hierba, impregnado, en mi chaqueta. Los restos, ya secos, que salían de mi cartera donde, a veces, me guardaba un porro. Pues es que a mi billetera siempre le ha faltado el varo. Pero me hice de camaradas que me liaban un cigarro “para el camino”. Una borrachera, tras otra y así, el fin de semana se iba al carajo y yo, junto con él.

Odiaba el ruido que la cafetera hacía por la mañana, me daba en la madre la luz que se colaba entre las persianas. La cabeza comprimiéndose, preparándose para reventar y esparcir, por toda la habitación, materia gris. Detestaba las arcadas provocadas cuando el alcohol buscaba una vía de escape. Me ahogaba, me quemaba la garganta y no soportaba el picor en mis ojos. El aroma fétido, la diversión descomponiéndose dentro de mí. El asco. La cruda hija de puta. 

Miraba la billetera y aceptaba que los próximos días viviría con austeridad. Que no me alcanzaría para comprar el periódico, ni para una comida, medianamente, decente. Que un día o tal vez dos, tendría que apañármelas con café instantáneo. Que estaba a punto de pasar otra semana renegando de mi trabajo porque no puedo dejarlo ahorita que no tengo un centavo. Que no habría whisky, sólo licor barato que embrutece el alma. Que diluye arrepentimientos y acentúa los dolores.
¿Qué más da? El lunes no será peor que este pinche domingo lleno de malestares. De recuerdos a medias. De las intenciones de olvidar y de olvidarte, echadas al inodoro, junto con el vómito y las risas. Y ahora que lo pienso, el retrete no era tan malo. Estaba frío, me refrescaba la frente, me relajaba. Podía dormir ahí. Podía, si me daba gana, ahogarme entre las pendejadas de la noche, los meses y hasta los años anteriores. Ahogarme, si me daba gana, en todas las veces que me equivoqué y me arruiné. 

Puede que sí lo eche de menos, pero no me está haciendo falta. Y si me preguntas, no ha cambiado gran cosa. Aquí estoy, riéndome de los nombres pendejos que le damos a las estrellas, jodida, en la azotea y bien pinche marihuana.

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