noviembre 26, 2013

Once años.




Dolió. De una forma muy parecida a cuando la delgada hoja de afeitar, abre surcos en la piel. Era un dolor silencioso, progresivo. Quería gritar pero mi voz se ahogaba. Se perdía en este escenario, al que nunca supe como fue que llegué. Me encontraba en casa, de eso podía estar segura. Pero era diferente, era igual a cuando tenía once años. El calentador de agua, nuevamente, necesitaba de leña y cerillas. La puerta de la regadera tenía ese penoso color naranja que tanto odiaba. Y sin embargo, me daba cuenta de que no tenía once años y que era imposible que, de la nada, el pasado se materializara frente a mis ojos.

Entré y todo estaba a oscuras, solo se escuchaba el ruido del refrigerador. Abrí la puerta de la habitación del fondo, esperaba encontrarla ocupada por un cuerpo. Esperaba escuchar su acompasada respiración, el olor a brillantina tan característico. Pero no había nadie, la cama estaba hecha, la pequeña televisión a blanco y negro descansaba sobre el buró, igual que cuando tenía once años, pero nadie estaba ahí. Pasé a la siguiente habitación, la que ocupé durante tanto. Pero también estaba vacía. El aparato de sonido panasonic, se encontraba en un enorme mueble de madera y la silla mecedora, frente a él. Señal de que alguien había pasado la tarde meciéndose con música. Nadie se encontraba en casa y era muy tarde para estar dando un paseo, además podía ver el coche estacionado bajo la sombra del pingüico.

Caminé hasta la cocina. Había comida, todavía caliente, en los sartenes. Me faltaba un lugar por recorrer, decididamente dejé esa habitación para el último, esperaba, al entrar, ver a tía, atravesada en el suelo, donde solía dormir antes de casarse, porque dice que en el suelo, se descansa mucho mejor, pero las mantas estaban pulcramente dobladas en una esquina del cuarto de abuela. Y abuela, tampoco estaba. Desde el principio estuvo claro que no había nadie. Quizá lo estaban poco antes de que yo llegase. No lo sé. Regresé al patio y ahí se encontraba la enorme planta morada. Pata de león, supe que se llamaba mucho después. La misma planta, donde a los once años, quedé atrapada con todo y bicicleta porque ya me habían dicho que no debía pedalear dentro de casa y no hice caso.

Respiraba el aire del pasado y aún no entendía la razón de mi estancia aquí. Me tiré en el suelo y recliné la espalda en uno de los extremos del enorme portón verde. Me sentía cansada y la cabeza comenzaba a doler. Dolía mucho y no era parecido al de la delgada hoja de afeitar abriendo surcos en la piel. Era un dolor punzante, amenazador. Recorría a grandes velocidades todas mis terminaciones nerviosas, las zarandeaba hasta dejarlas fatigadas. No me sentía capaz de abrir los ojos y estos empezaban a humedecerse. Lloraba exactamente igual a como lo hacía a los once años cuando me raspaba las rodillas. Igual a cuando me abrí la cabeza con el cristal de la ventana y la sangre manchó mi camiseta de Snoopy. Lloraba, no sé si de dolor o de miedo o ambos. Miedo a que al abrir los ojos ya no estuviera todo esto. Dolor, ese dolor que no podía recordar de donde provenía. Porque todo había empezado así, con un ligero dolor cerca del corazón.

Comencé a sentir frío y un agudo sonido, un odioso sonido a cortos tiempos, llegaba hasta mí, extendí las manos para ir palpando la superficie que ya no era de concreto firme, sino suave y un tanto fría. Abrí los ojos, todavía húmedos y aunque no pudiera verlos, estaba segura de su color rojizo. Encendí la lámpara y con un poco de dificultad alcancé el jodido despertador. El amanecer entraba por las persianas de mi habitación, el ruido de los automóviles ya me era tremendamente familiar y el olor a café recorría toda la casa, cómo cada mañana. Cogí el móvil, tenía varias notificaciones en esa aplicación de mensajería instantánea. La mayoría eran de amigos que habían entablado una jocosa plática en la madrugada. El otro era de una amistad que tenemos en común, anoche, antes de dormir me dijo que te había visto muy feliz con alguien. Entonces recordé de donde había venido el dolor cerca del pecho, eras tan feliz que cuando te pregunté cómo estabas, decidiste  guardar silencio.  Por eso necesitaba, una sola vez, de esa niña de once años, que pasaba las tardes frente al equipo de sonido panasonic meciéndose con la música. Ella estaba protegida, segura, sin una cama fría y vacía.

noviembre 12, 2013

No le cuentes a mi madre.




Echo de menos ponerme hasta el huevo. Rezarle a dios todos los domingos porque siento que me lleva la verga. Revisarme los bolsillos de los jeans que he usado durante tres días y no encontrar nada. Ni el pinche encendedor que saqué de la primera fiesta a la que llegué esa noche. También echo de menos el olor a hierba, impregnado, en mi chaqueta. Los restos, ya secos, que salían de mi cartera donde, a veces, me guardaba un porro. Pues es que a mi billetera siempre le ha faltado el varo. Pero me hice de camaradas que me liaban un cigarro “para el camino”. Una borrachera, tras otra y así, el fin de semana se iba al carajo y yo, junto con él.

Odiaba el ruido que la cafetera hacía por la mañana, me daba en la madre la luz que se colaba entre las persianas. La cabeza comprimiéndose, preparándose para reventar y esparcir, por toda la habitación, materia gris. Detestaba las arcadas provocadas cuando el alcohol buscaba una vía de escape. Me ahogaba, me quemaba la garganta y no soportaba el picor en mis ojos. El aroma fétido, la diversión descomponiéndose dentro de mí. El asco. La cruda hija de puta. 

Miraba la billetera y aceptaba que los próximos días viviría con austeridad. Que no me alcanzaría para comprar el periódico, ni para una comida, medianamente, decente. Que un día o tal vez dos, tendría que apañármelas con café instantáneo. Que estaba a punto de pasar otra semana renegando de mi trabajo porque no puedo dejarlo ahorita que no tengo un centavo. Que no habría whisky, sólo licor barato que embrutece el alma. Que diluye arrepentimientos y acentúa los dolores.
¿Qué más da? El lunes no será peor que este pinche domingo lleno de malestares. De recuerdos a medias. De las intenciones de olvidar y de olvidarte, echadas al inodoro, junto con el vómito y las risas. Y ahora que lo pienso, el retrete no era tan malo. Estaba frío, me refrescaba la frente, me relajaba. Podía dormir ahí. Podía, si me daba gana, ahogarme entre las pendejadas de la noche, los meses y hasta los años anteriores. Ahogarme, si me daba gana, en todas las veces que me equivoqué y me arruiné. 

Puede que sí lo eche de menos, pero no me está haciendo falta. Y si me preguntas, no ha cambiado gran cosa. Aquí estoy, riéndome de los nombres pendejos que le damos a las estrellas, jodida, en la azotea y bien pinche marihuana.

noviembre 05, 2013

Fotografías, crímenes, salidas repentinas y otras cosas.


Me encontré una fotografía nuestra. La última que nos sacamos después de tantos años. Pude adivinar la timidez de mi sonrisa y la emoción que brillaba en tus ojos. No hemos salido mal. Recuerdo la de fotos que nos sacabamos antes, solo porque sí, porque no había más qué hacer. Y ya no las tengo porque la parte de mí que iba para todos lados buscando pretextos para verte, se fue de vacaciones y no quiso volver. Se llevó las fotografías y me dejó aquí sola, con la hoja en blanco y lista para empezar de nuevo.
Pero el montón de hojas, ansiosas de nuevos inicios, no logran llenarse. Porque soy un criminal y los criminales, regresamos a la escena. No para limpiar el cochinero. Quizá, esa sea la razón por la que comenzar otra vez, se ha vuelto difícil. Todos mis crímenes me han hecho feliz y tengo el mal hábito de siempre regresar a la página que me estremeció el alma. Porque me gusta releer y comprender, antes de seguir con las historias. Y nosotros fuimos historia.

He pensado muchas veces en cómo habría sido todo si no hubieras llegado en el peor momento de mi vida, en esa lucha que libraba entre los monstruos que yo misma había creado. Probablemente ahora no tendría estas cicatrices. Seguro que saldríamos un par de veces al mes para tomar unas cervezas y platicarte como va todo con quién-tú-sabes. Aunque, aún en estas cavilaciones, seguirías reprendiéndome por elegir a alguien tan joven. No me culpes, no pude evitarlo. Y aún ahora, en la realidad que nos corresponde, sigo debatiéndome entre la insistencia y la retirada. Sigo aferrándome a un suspiro de esperanza. Ya sé que no tengo remedio.

Tu vida y la mía,  se unieron por una serie de eventos tan comunes, que yo estaba segura de que jamás podrían pasarme a mí. Tampoco imaginé que tales cosas pusieran en evidencia, lo frágil que resultaba mi mundo.
No, este no es otro tonto arrepentimiento. Lo que pasa es que hoy me siento especialmente imbécil. Además te extraño. Y me ha dado gusto verte aunque sea desde esa fotografía. Todos dirían que la he robado, pero si también salgo yo, no cuenta como tal. Una parte del recuerdo, me corresponde. Así como nos corresponden las canciones de esa noche y que a nadie más he de compartir.

No creas que no me acuerdo de ti, se vuelve difícil cuando lo que más tenemos en común es el nombre. Pero se me perdieron las agallas junto con tu número telefónico. Y no se me olvida que me fui (otra vez), justo después de decirte que no lo haría. Me volví a comportar como un criminal, creyendo que actuaba como superhéroe. Te digo que por confusiones, aquí no paramos.

Me pregunto si hará falta otra fotografía, una donde yo pueda salir llena de seguridad y donde tus ojos, claramente digan que esa es la última vez que me hospedas en tu vida. Luego podremos salir un par de veces al mes a tomar unas cervezas para contarte como quién-tú-sabes, anota cuadrangulares conmigo.

Clavos de olor.

La música comenzó a sonar con fuerza en mi cabeza, mis dedos tamborileaban la mesa donde descansaba el cenicero y un tarro de cerv...