Ir al contenido principal

Sin previo aviso.

Condujo por la ciudad ya muy entrada la madrugada. Desconocía la razón pero, la noche, le resultaba tan atractiva en aquellas horas. Las luces de los edificios surcaban su cuerpo como fantasmas, conforme avanzaba por las enormes líneas de asfalto. En el asiento del copiloto, una respiración acompasada, le hacía compañía. De vez en cuando apartaba la vista del camino para fijarse en su pasajero. Detallaba sus piernas, sus senos, la curvatura de su cuello, sus delgadas manos y ese rostro, infantil y maduro, que se ocultaba debajo de los miles de cabellos largos y oscuros, esparcidos por doquier. 
Se detuvo en una gasolinera donde había un restorán abierto las veinticuatro horas. No comía absolutamente nada desde el desayuno y su cuerpo empezaba a ponerse fúrico. Bajó del automóvil dejando a su acompañante dentro. Pidió un par de sándwiches de pavo, un café y como quien no quiere la cosa, una botella de whisky barato. “Se están robando a tu novia” le dijo la camarera, señalando en dirección hacía donde estaba estacionado el auto. No había tiempo de explicarle que ella no era su novia, dejó el dinero y salió corriendo.
Un hombre, quizá dos veces más grande, la tenía sujetada por la cintura y en su rostro se dibujaba una sonrisa que no indicaba nada bueno. La chica se mantenía sumida en aquel profundo sueño, a pesar de las múltiples sacudidas de las que fue víctima. Era incapaz de reaccionar. Una patrulla, sin sospechar lo que pasaba, se acercó al lugar y el mastodonte se limitó a dejar caer a la chica como si de una envoltura vacía se tratase. Sin soltar la bolsa con los comestibles y la botella de whisky, se acercó a la mujer y como pudo la levantó. Para su suerte los oficiales hicieron caso omiso de lo ocurrido. Abrió el coche, la acomodó en el asiento y siguió su camino. 
El reloj del panel marcaba las tres menos doce de la madrugada. A lo lejos, unas luces neón le señalaban, lo que parecía a simple vista, un hotel de paso. Condujo hasta el lugar y llamó a la ventanilla, donde una mujer gorda y de mala cara, le recibió con un escueto buenas noches. “Habitación nueve, primer cajón a la izquierda” dijo mientras le entregaba una pequeña llave y con un movimiento de su mano, le indicó que se moviera. 
Era una de esas habitaciones de poca monta, parecida a las que salen en las películas americanas. Dejó abierta la puerta y salió para bajar a su acompañante del auto. La recostó sobre la cama donde muchas historias, anteriores a esta, quedaron impregnadas. Encendió el televisor y comenzó a devorar ávidamente el sándwich de pavo. Destapó el whisky barato y lo bebió directo de la botella. Había olvidado el incendio que provocaba en su garganta con cada trago. Se recostó junto a la chica y subió hasta la cintura su delicada prenda de color neutro. No traía bragas. Tal y como lo había imaginado. Con cada beso iba guardando el sabor en su memoria. Si ya había entrado en su vida sin previo aviso, lo haría también en su cuerpo. Abrió su pantalón y los sonidos emitidos por el televisor se opacaron con la respiración pastosa del que, por unos instantes, no es dueño de sí mismo. Luego de una serie de espasmos, se dejó caer con la mirada puesta en el techo y una sonrisa de triunfo. Por fin, después de tantos años de humillaciones y rechazos, arrastró a Cristina hasta sus brazos. No podía estar más feliz. 
Afuera estaba amaneciendo y los rayos del sol entraban por las pequeñas ventanas de la habitación número nueve, ubicada en el segundo cajón del lado izquierdo, en uno de esos hoteles de paso. Había restos de un sándwich de pavo y una botella de whisky barato casi llena. En la cama descansa una mujer, ahogada en sueños. Sin necesidad ni intenciones de enfrentarse a una realidad monstruosa. El televisor continúa encendido. Las manecillas de un reloj que cuelga de la pared marcan las seis de la mañana. Comienza el noticiero matutino.
“Un secuestro realizado durante la madrugada, según informa el personal de seguridad en colaboración con el departamento de policía loca, tiene a todo el hospital central movilizado. La víctima, Cristina de Llano, fue sacada de la habitación doscientos dos, donde llevaba cerca de tres días en estado de coma. Sus familiares no han dado más detalles”.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una mañana

Todo fue tan raro. Cuando desperté la cama estaba vacía, había recuerdos por toda la habitación. Las cortinas serpenteaban con las ligeras ráfagas de viento que entraban por mi ventana. Escuchaba claramente el paso de los vehículos, el sonido del ventilador, la radio que solo sintoniza una estación sin ponerse loca. Tenía los ojos rojos de tanto llorar, no recordaba en que momento me había quedado dormida. La espalda me ardía, el corazón latía con fuerza, como si se fuera a salir de su lugar, la alarma de mi teléfono celular comenzó a sonar, faltaban cinco minutos para las seis de la mañana. Era lunes. Me levanté como pude y me acerqué a la cafetera a servirme una taza, no había nada, lo olvidé anoche. Saqué la bolsa de la alacena y puse a funcionar la máquina. Caminé descalza por toda la casa, sintiendo el frío del suelo, caminaba de un lado a otro sin saber donde detenerme ¿detenerme para qué? Nunca lo supe. Entré en la regadera y abrí la llave del agua fría, me caló todos los hues…

Pequeña libreta roja.

Algún día voy a escribir nuestra historia, para que sepan que la vida es lo mejor que nos puede pasar. 28 de agosto de 2015.
Le escribí aquello hace un par de años en una libreta roja, que ahora tengo de vuelta, le escribí porque estaba por salir de viaje a Orlando, era la primera vez que viajaba completamente sola y estaba aterrada, le habían contado un montón de cosas acerca del aeropuerto de Dallas y de cómo tenía que moverse a la velocidad de los chitas antes de que los montones de orientales, desembocaran en ese lugar cómo un cardumen de atún. Aquella libreta me la regaló una de mis mejores amigas en una ida a un café que con el tiempo dejó de existir, siempre me ha gustado que me regalen libretas, aunque casi siempre termino por abandonarlas un tiempo. Me pareció una idea escribirle algo y que se lo llevara, la libreta es pequeña, no le iba ocupar mucho espacio. Siempre he sido pésima para elegir obsequios, pero me pareció la mejor idea del mundo que la llevara. Me gustaba la idea…

Mañana.

Hoy es el último día que te escribo. Hoy me despido de ti. Hoy dejo de ser la mujer que más te ama para convertirme en la que más te amó. Te escribí esto en el cuaderno que me regalaste y que por años ha guardado todo eso que siento por ti. Lo he escrito ahí para que cuando tenga ganas de buscarte, pueda abrirlo en la página correcta y detenerme antes de cometer una locura.
Te escribo porque es la única forma que tengo para no romperme, porque ganas de llamarte no me han faltado y caigo en cuenta de que si llegaras a contestar, no sé qué te diría. No sabría de que hablar. No sabría que hacer. Ya sabes que para mí siempre ha sido mejor escribir.
Ése cuaderno no sólo guarda algunas formas de lo que ha sido mi amor por ti, también guarda la última rosa que me regalaste y que con el paso de los meses se ha ido secando. Así como se fue secando tu amor por mí.
Te escribo como nunca me sentí capaz de hacerlo: Con tristeza, enojo, con ganas de llorar. Pero me aguanto porque ya no queda de ot…