octubre 07, 2013

Otoño.

Otoño es una de las estaciones que más me gusta. Aunque lo acertado sería decir que cualquier estación ausente de calor y bochornos es mi favorita. Sin embargo, el otoño, posee un balance que lo vuelve atractivo. Sus mañanas son frías pero soportables, sus tardes cálidas y sus noches se presumen frescas.
Sobran pretextos para salir a dar una vuelta por la ciudad, llegar por un café o visitar a un amigo. Las pláticas se tornan cálidas e incluso, el humo del tabaco es menos molesto. Pienso que el tabaco adquiere mejor sabor en los climas fríos.
Los atardeceres del otoño, aún cuando la ciudad quiere interponerse, bañan las calles con sus tonos aún más vivos que los de la primavera. Porque la primavera se siente la reina sólo por sus colores chillones, pero el otoño es serio, sobrio y elegante. El otoño huele a galletas recién horneadas, a té de manzana con canela, a chocolate humeante con malvaviscos. 
El otoño carga con las lunas más hermosas y para los poetas, el trabajo aumenta más que en otros periodos. Al verano no se le puede componer un soneto porque para lo único que sirve es para enamorar momentáneamente a los débiles de corazón. A los que las playas los llenan de regocijo sólo por un instante. El verano acarrea con diversiones infantiles que se olvidan al finalizar la temporada. El otoño es la estación perfecta para depurarse, porque nosotros, igual que árboles, cargamos con hojas que han de caer en algún momento. Y es que el otoño, llega para llevarse todo lo que ya no necesitamos. Trae consigo las bromas de pequeños monstruos, vuelve las noches más largas y recibe la visita de los que tuvieron que partir.
Resumiendo un poco, el otoño, se hizo para escribirle a los caídos y para ayudar a todos esos amores que no necesitan de una primavera para florecer.

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