octubre 26, 2013

Sin previo aviso.

Condujo por la ciudad ya muy entrada la madrugada. Desconocía la razón pero, la noche, le resultaba tan atractiva en aquellas horas. Las luces de los edificios surcaban su cuerpo como fantasmas, conforme avanzaba por las enormes líneas de asfalto. En el asiento del copiloto, una respiración acompasada, le hacía compañía. De vez en cuando apartaba la vista del camino para fijarse en su pasajero. Detallaba sus piernas, sus senos, la curvatura de su cuello, sus delgadas manos y ese rostro, infantil y maduro, que se ocultaba debajo de los miles de cabellos largos y oscuros, esparcidos por doquier. 
Se detuvo en una gasolinera donde había un restorán abierto las veinticuatro horas. No comía absolutamente nada desde el desayuno y su cuerpo empezaba a ponerse fúrico. Bajó del automóvil dejando a su acompañante dentro. Pidió un par de sándwiches de pavo, un café y como quien no quiere la cosa, una botella de whisky barato. “Se están robando a tu novia” le dijo la camarera, señalando en dirección hacía donde estaba estacionado el auto. No había tiempo de explicarle que ella no era su novia, dejó el dinero y salió corriendo.
Un hombre, quizá dos veces más grande, la tenía sujetada por la cintura y en su rostro se dibujaba una sonrisa que no indicaba nada bueno. La chica se mantenía sumida en aquel profundo sueño, a pesar de las múltiples sacudidas de las que fue víctima. Era incapaz de reaccionar. Una patrulla, sin sospechar lo que pasaba, se acercó al lugar y el mastodonte se limitó a dejar caer a la chica como si de una envoltura vacía se tratase. Sin soltar la bolsa con los comestibles y la botella de whisky, se acercó a la mujer y como pudo la levantó. Para su suerte los oficiales hicieron caso omiso de lo ocurrido. Abrió el coche, la acomodó en el asiento y siguió su camino. 
El reloj del panel marcaba las tres menos doce de la madrugada. A lo lejos, unas luces neón le señalaban, lo que parecía a simple vista, un hotel de paso. Condujo hasta el lugar y llamó a la ventanilla, donde una mujer gorda y de mala cara, le recibió con un escueto buenas noches. “Habitación nueve, primer cajón a la izquierda” dijo mientras le entregaba una pequeña llave y con un movimiento de su mano, le indicó que se moviera. 
Era una de esas habitaciones de poca monta, parecida a las que salen en las películas americanas. Dejó abierta la puerta y salió para bajar a su acompañante del auto. La recostó sobre la cama donde muchas historias, anteriores a esta, quedaron impregnadas. Encendió el televisor y comenzó a devorar ávidamente el sándwich de pavo. Destapó el whisky barato y lo bebió directo de la botella. Había olvidado el incendio que provocaba en su garganta con cada trago. Se recostó junto a la chica y subió hasta la cintura su delicada prenda de color neutro. No traía bragas. Tal y como lo había imaginado. Con cada beso iba guardando el sabor en su memoria. Si ya había entrado en su vida sin previo aviso, lo haría también en su cuerpo. Abrió su pantalón y los sonidos emitidos por el televisor se opacaron con la respiración pastosa del que, por unos instantes, no es dueño de sí mismo. Luego de una serie de espasmos, se dejó caer con la mirada puesta en el techo y una sonrisa de triunfo. Por fin, después de tantos años de humillaciones y rechazos, arrastró a Cristina hasta sus brazos. No podía estar más feliz. 
Afuera estaba amaneciendo y los rayos del sol entraban por las pequeñas ventanas de la habitación número nueve, ubicada en el segundo cajón del lado izquierdo, en uno de esos hoteles de paso. Había restos de un sándwich de pavo y una botella de whisky barato casi llena. En la cama descansa una mujer, ahogada en sueños. Sin necesidad ni intenciones de enfrentarse a una realidad monstruosa. El televisor continúa encendido. Las manecillas de un reloj que cuelga de la pared marcan las seis de la mañana. Comienza el noticiero matutino.
“Un secuestro realizado durante la madrugada, según informa el personal de seguridad en colaboración con el departamento de policía loca, tiene a todo el hospital central movilizado. La víctima, Cristina de Llano, fue sacada de la habitación doscientos dos, donde llevaba cerca de tres días en estado de coma. Sus familiares no han dado más detalles”.

octubre 07, 2013

Otoño.

Otoño es una de las estaciones que más me gusta. Aunque lo acertado sería decir que cualquier estación ausente de calor y bochornos es mi favorita. Sin embargo, el otoño, posee un balance que lo vuelve atractivo. Sus mañanas son frías pero soportables, sus tardes cálidas y sus noches se presumen frescas.
Sobran pretextos para salir a dar una vuelta por la ciudad, llegar por un café o visitar a un amigo. Las pláticas se tornan cálidas e incluso, el humo del tabaco es menos molesto. Pienso que el tabaco adquiere mejor sabor en los climas fríos.
Los atardeceres del otoño, aún cuando la ciudad quiere interponerse, bañan las calles con sus tonos aún más vivos que los de la primavera. Porque la primavera se siente la reina sólo por sus colores chillones, pero el otoño es serio, sobrio y elegante. El otoño huele a galletas recién horneadas, a té de manzana con canela, a chocolate humeante con malvaviscos. 
El otoño carga con las lunas más hermosas y para los poetas, el trabajo aumenta más que en otros periodos. Al verano no se le puede componer un soneto porque para lo único que sirve es para enamorar momentáneamente a los débiles de corazón. A los que las playas los llenan de regocijo sólo por un instante. El verano acarrea con diversiones infantiles que se olvidan al finalizar la temporada. El otoño es la estación perfecta para depurarse, porque nosotros, igual que árboles, cargamos con hojas que han de caer en algún momento. Y es que el otoño, llega para llevarse todo lo que ya no necesitamos. Trae consigo las bromas de pequeños monstruos, vuelve las noches más largas y recibe la visita de los que tuvieron que partir.
Resumiendo un poco, el otoño, se hizo para escribirle a los caídos y para ayudar a todos esos amores que no necesitan de una primavera para florecer.

Clavos de olor.