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No cuenta como robo.


El domingo desperté con la ingeniosa idea de escribir un cuento de ciencia ficción, sobre un sujeto que tenía la cualidad de adoptar la forma que le diera gana. Tuve un sueño respecto a eso, vi su apariencia física y todo lo necesario para describirlo (el sueño terminaba conmigo en la cárcel). Hasta había pensado en mi discurso cuando me dieran mi premio Nébula.
La ducha, es un buen lugar para planear la conquista del mundo y también, para que se te ocurran las mejores ideas y no tener donde escribirlas (Eso era hasta que inventaron las notas impermeables, click aquí para leer la nota). Ahí, en ese templo de la procrastinación y la creatividad, se fue todo al carajo. La ingeniosa idea sobre el sujeto polimorfo que vivía entre humanos, no era más que una parte que había leído la noche anterior y que mi subconsciente, adoptó como suya. Yo no iba a robar usar la idea de Alfredo. O quien sabe.
En un mundo en el que ya todo (o casi todo, yo que sé) está escrito, no hay mucho para donde hacerse y los nuevos escritores tenemos tienen esa enorme piedra sobre sus espaldas. Un libro, puede ser como esa canción ochentera que tanto te gusta y luego, veinte años después, alguien llega de la nada promocionando el cover y no sabes si reír o llorar. Soy de las románticas que piensan que un cover debe sonar mejor que la original y no convertirse en la réplica remasterizada.
Quizá ocurra algo parecido con la literatura. Existe una enorme caja imaginaria de ideas (algunos le llamamos llaman influencias) que en algún momento formará un enunciado, después un párrafo y en el mejor de los casos, un texto completo. Puede que alguien un día lo lea y diga: Mira, esta morra se ha plagiado al Alfredo.
Han de estar pensando que trato de justificar mi intento de plagio, pero no. Creo que no hay tal cosa,cuando se toma una característica de un personaje que ya vino al mundo y adaptarlo a situaciones, entornos y argumentos diferentes. Es como si se culpara a Alfredo por escribir las aventuras de sus personajes en Ganímedes y Marte, cuando otros escritores también los han incluido en sus relatos. Lo que sí es malo, malísimo, es usar el trabajo de alguien más, cambiarle el título y que no satisfecho con ello, se publique con faltas de ortografía. Pero total, no todos nacimos para ser escritores o tal vez sí, pero aún no encontramos algo que nos guste, en nuestra enorme caja. Yo por eso, mejor me encierro en la oficina todos los días.




(El personaje, víctima de mi maldad, es Demi Jevoux, del libro "Los impostores" de Alfred Bester y que pueden leer aquí o me lo pueden pedir cuando lo termine) 

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