abril 02, 2013

Retratos




Hay sombras bajo tus ojos, escombros de sueños que no fueron, marcas de batallas perdidas. No veas el reloj, se ha hecho tarde de nuevo. Sabes que debes correr, quizá con la taza de café en la mano, de ese café barato que consigues en cualquier supermercado. Es horrible y lo sabes, pero es rápido. Tres minutos en el microondas, un par de cucharadas  y ya está.
Con algo de suerte alcanzarás el bus de las ocho y quince, conoces el trayecto a la perfección y el tiempo parece detenerse, tus pulmones no colapsan. Llegas puntual cuando vas tarde. Respiras con calma, aún no hay nadie  por  los pasillos. Un cigarro que apacigüe el hambre, se te ha olvidado desayunar otra vez.
Caminas hasta la cafetera, el tiempo avanzó rápido y ya hay algunas personas. Piensas si serán igual que tú. Si se les hará tarde por las mañanas, si comprarán la misma basura de café del supermercado, si a ellos también se les olvida desayunar de vez en cuando. Sirves tu segundo café del día, con un poco de crema para mitigar los problemas gástricos que los excesos van provocando. Quejas, deudas y llantos nocturnos, son lo que tienen tus compañeros para ofrecer en una plática matutina. Somos tan comunes que ni los problemas nos distinguen, piensas.
Regresas a tu lugar, tienes trabajo que hacer. Hay una montaña de papeles frente a ti, presupuestos, balances, inventarios, gastos ¿por donde empezar? Te preguntas si ocho horas serán suficientes para terminar con eso, quizá después,  puedas pasar por ese nuevo restaurante y encontrar caras diferentes, personas que tengan problemas diferentes y que no compren esa basura de café del supermercado.
El sol se va ocultando poco a poco, es hora de regresar a casa, titubeas sobre si debes dejarte los lentes o no. Otro día llegarás a ese nuevo restaurante, hoy no. Media montaña de papeles se ha quedado pendiente para el siguiente día, caminas despacio, con el cansancio a cuestas, tienes la sensación de que al acelerar el paso tus piernas se volverán de mantequilla y caerás. El reloj dice que tienes un par de horas antes de que te alcance la noche y pasas por esa franquicia que te ha salvado la vida en innumerables desayunos olvidados. Pides un café, unos cigarros y te quedas a esperar el bus. Con un poco de suerte, mañana podrás pasar a ese restaurante nuevo y encontrar caras diferentes. A los retratos diarios, de vez en cuando, les hace falta una capa de polvo.

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