diciembre 13, 2013

Por si las moscas.



Olvido, es una palabra grave, dice la gramática y también la vida misma. Olvido. Una palabra que, si mi opinión les viene adecuada, tiene una estructura hermosa. Olvido, una palabra que debería ser, aparte de protagonista en tantas historias a través de los años, el reflejo de lo bello y de lo que no lo es tanto. Del miedo y del placer. Olvido. Una palabra tan gastada por el uso diario y el abuso. Olvido, una palabra que se escribe para contradecir su razón de ser. Su motivo de vivir. Hay palabras que con frecuencia olvido, pero esta, no es una de ellas. Si he de ser franca, el olvido, no es una opción. El olvido es capaz de apagar las risas, de mermar los restos del alma juvenil que vaga entre recuerdos a distancia y puede, incluso, disolver las ilusiones de años venideros. Y el olvido es grave siempre que te haga dejar de sonreír. Por eso yo no te olvido. Puede que te haya guardado durante años, en cajas que acumularon motas de polvo, en el desván de mi vida. Puede incluso que haya manchado tu rostro con el café recién hecho y doblado la esquina de la página que escribimos alguna tarde, a orillas de un río. Pero no olvido. Y no es que la palabra, sea grave según la gramática del español, ni según la vida misma. No te olvido porque sea difícil y el terapeuta, decidiera subir su tarifa de honorarios, sin previo aviso. El olvido, ya lo he dicho, no es una opción. Es que aún me arrebatas sonrisas, a pesar de la frialdad de tus respuestas comprometidas, mayormente, a causa mía. Porque esa amabilidad de no dejarme con la palabra en los dedos, la valoro por ser una fracción de tu vida. Y no quiero el olvido. No me hace falta. Que olviden aquellos a los que el pasado no les sirve.
Pese a que vivir de recuerdos es, de cierto modo, insano, mi presente lo disfruto como la niña que sale de su casa la mañana de navidad a jugar con todos sus regalos. Y sin embargo, cuando cae la noche y los insomnios organizan su aclamada fiesta de té, me enfrento al olvido. Ese olvido que en cierta temporada se va de vacaciones para escalar el Everest. Ese olvido que me hace compañía en algún lugar inexplorado de tu cabeza, donde me gusta pensar que, a veces, habito. Y se está agusto. Perdóname si no te olvido y aún me quede el descaro de decirlo. La verdad es que la letras son lo único que tengo en abundancia y por si las moscas, lo escribo antes de que se me olvide.

noviembre 26, 2013

Once años.




Dolió. De una forma muy parecida a cuando la delgada hoja de afeitar, abre surcos en la piel. Era un dolor silencioso, progresivo. Quería gritar pero mi voz se ahogaba. Se perdía en este escenario, al que nunca supe como fue que llegué. Me encontraba en casa, de eso podía estar segura. Pero era diferente, era igual a cuando tenía once años. El calentador de agua, nuevamente, necesitaba de leña y cerillas. La puerta de la regadera tenía ese penoso color naranja que tanto odiaba. Y sin embargo, me daba cuenta de que no tenía once años y que era imposible que, de la nada, el pasado se materializara frente a mis ojos.

Entré y todo estaba a oscuras, solo se escuchaba el ruido del refrigerador. Abrí la puerta de la habitación del fondo, esperaba encontrarla ocupada por un cuerpo. Esperaba escuchar su acompasada respiración, el olor a brillantina tan característico. Pero no había nadie, la cama estaba hecha, la pequeña televisión a blanco y negro descansaba sobre el buró, igual que cuando tenía once años, pero nadie estaba ahí. Pasé a la siguiente habitación, la que ocupé durante tanto. Pero también estaba vacía. El aparato de sonido panasonic, se encontraba en un enorme mueble de madera y la silla mecedora, frente a él. Señal de que alguien había pasado la tarde meciéndose con música. Nadie se encontraba en casa y era muy tarde para estar dando un paseo, además podía ver el coche estacionado bajo la sombra del pingüico.

Caminé hasta la cocina. Había comida, todavía caliente, en los sartenes. Me faltaba un lugar por recorrer, decididamente dejé esa habitación para el último, esperaba, al entrar, ver a tía, atravesada en el suelo, donde solía dormir antes de casarse, porque dice que en el suelo, se descansa mucho mejor, pero las mantas estaban pulcramente dobladas en una esquina del cuarto de abuela. Y abuela, tampoco estaba. Desde el principio estuvo claro que no había nadie. Quizá lo estaban poco antes de que yo llegase. No lo sé. Regresé al patio y ahí se encontraba la enorme planta morada. Pata de león, supe que se llamaba mucho después. La misma planta, donde a los once años, quedé atrapada con todo y bicicleta porque ya me habían dicho que no debía pedalear dentro de casa y no hice caso.

Respiraba el aire del pasado y aún no entendía la razón de mi estancia aquí. Me tiré en el suelo y recliné la espalda en uno de los extremos del enorme portón verde. Me sentía cansada y la cabeza comenzaba a doler. Dolía mucho y no era parecido al de la delgada hoja de afeitar abriendo surcos en la piel. Era un dolor punzante, amenazador. Recorría a grandes velocidades todas mis terminaciones nerviosas, las zarandeaba hasta dejarlas fatigadas. No me sentía capaz de abrir los ojos y estos empezaban a humedecerse. Lloraba exactamente igual a como lo hacía a los once años cuando me raspaba las rodillas. Igual a cuando me abrí la cabeza con el cristal de la ventana y la sangre manchó mi camiseta de Snoopy. Lloraba, no sé si de dolor o de miedo o ambos. Miedo a que al abrir los ojos ya no estuviera todo esto. Dolor, ese dolor que no podía recordar de donde provenía. Porque todo había empezado así, con un ligero dolor cerca del corazón.

Comencé a sentir frío y un agudo sonido, un odioso sonido a cortos tiempos, llegaba hasta mí, extendí las manos para ir palpando la superficie que ya no era de concreto firme, sino suave y un tanto fría. Abrí los ojos, todavía húmedos y aunque no pudiera verlos, estaba segura de su color rojizo. Encendí la lámpara y con un poco de dificultad alcancé el jodido despertador. El amanecer entraba por las persianas de mi habitación, el ruido de los automóviles ya me era tremendamente familiar y el olor a café recorría toda la casa, cómo cada mañana. Cogí el móvil, tenía varias notificaciones en esa aplicación de mensajería instantánea. La mayoría eran de amigos que habían entablado una jocosa plática en la madrugada. El otro era de una amistad que tenemos en común, anoche, antes de dormir me dijo que te había visto muy feliz con alguien. Entonces recordé de donde había venido el dolor cerca del pecho, eras tan feliz que cuando te pregunté cómo estabas, decidiste  guardar silencio.  Por eso necesitaba, una sola vez, de esa niña de once años, que pasaba las tardes frente al equipo de sonido panasonic meciéndose con la música. Ella estaba protegida, segura, sin una cama fría y vacía.

noviembre 12, 2013

No le cuentes a mi madre.




Echo de menos ponerme hasta el huevo. Rezarle a dios todos los domingos porque siento que me lleva la verga. Revisarme los bolsillos de los jeans que he usado durante tres días y no encontrar nada. Ni el pinche encendedor que saqué de la primera fiesta a la que llegué esa noche. También echo de menos el olor a hierba, impregnado, en mi chaqueta. Los restos, ya secos, que salían de mi cartera donde, a veces, me guardaba un porro. Pues es que a mi billetera siempre le ha faltado el varo. Pero me hice de camaradas que me liaban un cigarro “para el camino”. Una borrachera, tras otra y así, el fin de semana se iba al carajo y yo, junto con él.

Odiaba el ruido que la cafetera hacía por la mañana, me daba en la madre la luz que se colaba entre las persianas. La cabeza comprimiéndose, preparándose para reventar y esparcir, por toda la habitación, materia gris. Detestaba las arcadas provocadas cuando el alcohol buscaba una vía de escape. Me ahogaba, me quemaba la garganta y no soportaba el picor en mis ojos. El aroma fétido, la diversión descomponiéndose dentro de mí. El asco. La cruda hija de puta. 

Miraba la billetera y aceptaba que los próximos días viviría con austeridad. Que no me alcanzaría para comprar el periódico, ni para una comida, medianamente, decente. Que un día o tal vez dos, tendría que apañármelas con café instantáneo. Que estaba a punto de pasar otra semana renegando de mi trabajo porque no puedo dejarlo ahorita que no tengo un centavo. Que no habría whisky, sólo licor barato que embrutece el alma. Que diluye arrepentimientos y acentúa los dolores.
¿Qué más da? El lunes no será peor que este pinche domingo lleno de malestares. De recuerdos a medias. De las intenciones de olvidar y de olvidarte, echadas al inodoro, junto con el vómito y las risas. Y ahora que lo pienso, el retrete no era tan malo. Estaba frío, me refrescaba la frente, me relajaba. Podía dormir ahí. Podía, si me daba gana, ahogarme entre las pendejadas de la noche, los meses y hasta los años anteriores. Ahogarme, si me daba gana, en todas las veces que me equivoqué y me arruiné. 

Puede que sí lo eche de menos, pero no me está haciendo falta. Y si me preguntas, no ha cambiado gran cosa. Aquí estoy, riéndome de los nombres pendejos que le damos a las estrellas, jodida, en la azotea y bien pinche marihuana.

noviembre 05, 2013

Fotografías, crímenes, salidas repentinas y otras cosas.


Me encontré una fotografía nuestra. La última que nos sacamos después de tantos años. Pude adivinar la timidez de mi sonrisa y la emoción que brillaba en tus ojos. No hemos salido mal. Recuerdo la de fotos que nos sacabamos antes, solo porque sí, porque no había más qué hacer. Y ya no las tengo porque la parte de mí que iba para todos lados buscando pretextos para verte, se fue de vacaciones y no quiso volver. Se llevó las fotografías y me dejó aquí sola, con la hoja en blanco y lista para empezar de nuevo.
Pero el montón de hojas, ansiosas de nuevos inicios, no logran llenarse. Porque soy un criminal y los criminales, regresamos a la escena. No para limpiar el cochinero. Quizá, esa sea la razón por la que comenzar otra vez, se ha vuelto difícil. Todos mis crímenes me han hecho feliz y tengo el mal hábito de siempre regresar a la página que me estremeció el alma. Porque me gusta releer y comprender, antes de seguir con las historias. Y nosotros fuimos historia.

He pensado muchas veces en cómo habría sido todo si no hubieras llegado en el peor momento de mi vida, en esa lucha que libraba entre los monstruos que yo misma había creado. Probablemente ahora no tendría estas cicatrices. Seguro que saldríamos un par de veces al mes para tomar unas cervezas y platicarte como va todo con quién-tú-sabes. Aunque, aún en estas cavilaciones, seguirías reprendiéndome por elegir a alguien tan joven. No me culpes, no pude evitarlo. Y aún ahora, en la realidad que nos corresponde, sigo debatiéndome entre la insistencia y la retirada. Sigo aferrándome a un suspiro de esperanza. Ya sé que no tengo remedio.

Tu vida y la mía,  se unieron por una serie de eventos tan comunes, que yo estaba segura de que jamás podrían pasarme a mí. Tampoco imaginé que tales cosas pusieran en evidencia, lo frágil que resultaba mi mundo.
No, este no es otro tonto arrepentimiento. Lo que pasa es que hoy me siento especialmente imbécil. Además te extraño. Y me ha dado gusto verte aunque sea desde esa fotografía. Todos dirían que la he robado, pero si también salgo yo, no cuenta como tal. Una parte del recuerdo, me corresponde. Así como nos corresponden las canciones de esa noche y que a nadie más he de compartir.

No creas que no me acuerdo de ti, se vuelve difícil cuando lo que más tenemos en común es el nombre. Pero se me perdieron las agallas junto con tu número telefónico. Y no se me olvida que me fui (otra vez), justo después de decirte que no lo haría. Me volví a comportar como un criminal, creyendo que actuaba como superhéroe. Te digo que por confusiones, aquí no paramos.

Me pregunto si hará falta otra fotografía, una donde yo pueda salir llena de seguridad y donde tus ojos, claramente digan que esa es la última vez que me hospedas en tu vida. Luego podremos salir un par de veces al mes a tomar unas cervezas para contarte como quién-tú-sabes, anota cuadrangulares conmigo.

octubre 26, 2013

Sin previo aviso.

Condujo por la ciudad ya muy entrada la madrugada. Desconocía la razón pero, la noche, le resultaba tan atractiva en aquellas horas. Las luces de los edificios surcaban su cuerpo como fantasmas, conforme avanzaba por las enormes líneas de asfalto. En el asiento del copiloto, una respiración acompasada, le hacía compañía. De vez en cuando apartaba la vista del camino para fijarse en su pasajero. Detallaba sus piernas, sus senos, la curvatura de su cuello, sus delgadas manos y ese rostro, infantil y maduro, que se ocultaba debajo de los miles de cabellos largos y oscuros, esparcidos por doquier. 
Se detuvo en una gasolinera donde había un restorán abierto las veinticuatro horas. No comía absolutamente nada desde el desayuno y su cuerpo empezaba a ponerse fúrico. Bajó del automóvil dejando a su acompañante dentro. Pidió un par de sándwiches de pavo, un café y como quien no quiere la cosa, una botella de whisky barato. “Se están robando a tu novia” le dijo la camarera, señalando en dirección hacía donde estaba estacionado el auto. No había tiempo de explicarle que ella no era su novia, dejó el dinero y salió corriendo.
Un hombre, quizá dos veces más grande, la tenía sujetada por la cintura y en su rostro se dibujaba una sonrisa que no indicaba nada bueno. La chica se mantenía sumida en aquel profundo sueño, a pesar de las múltiples sacudidas de las que fue víctima. Era incapaz de reaccionar. Una patrulla, sin sospechar lo que pasaba, se acercó al lugar y el mastodonte se limitó a dejar caer a la chica como si de una envoltura vacía se tratase. Sin soltar la bolsa con los comestibles y la botella de whisky, se acercó a la mujer y como pudo la levantó. Para su suerte los oficiales hicieron caso omiso de lo ocurrido. Abrió el coche, la acomodó en el asiento y siguió su camino. 
El reloj del panel marcaba las tres menos doce de la madrugada. A lo lejos, unas luces neón le señalaban, lo que parecía a simple vista, un hotel de paso. Condujo hasta el lugar y llamó a la ventanilla, donde una mujer gorda y de mala cara, le recibió con un escueto buenas noches. “Habitación nueve, primer cajón a la izquierda” dijo mientras le entregaba una pequeña llave y con un movimiento de su mano, le indicó que se moviera. 
Era una de esas habitaciones de poca monta, parecida a las que salen en las películas americanas. Dejó abierta la puerta y salió para bajar a su acompañante del auto. La recostó sobre la cama donde muchas historias, anteriores a esta, quedaron impregnadas. Encendió el televisor y comenzó a devorar ávidamente el sándwich de pavo. Destapó el whisky barato y lo bebió directo de la botella. Había olvidado el incendio que provocaba en su garganta con cada trago. Se recostó junto a la chica y subió hasta la cintura su delicada prenda de color neutro. No traía bragas. Tal y como lo había imaginado. Con cada beso iba guardando el sabor en su memoria. Si ya había entrado en su vida sin previo aviso, lo haría también en su cuerpo. Abrió su pantalón y los sonidos emitidos por el televisor se opacaron con la respiración pastosa del que, por unos instantes, no es dueño de sí mismo. Luego de una serie de espasmos, se dejó caer con la mirada puesta en el techo y una sonrisa de triunfo. Por fin, después de tantos años de humillaciones y rechazos, arrastró a Cristina hasta sus brazos. No podía estar más feliz. 
Afuera estaba amaneciendo y los rayos del sol entraban por las pequeñas ventanas de la habitación número nueve, ubicada en el segundo cajón del lado izquierdo, en uno de esos hoteles de paso. Había restos de un sándwich de pavo y una botella de whisky barato casi llena. En la cama descansa una mujer, ahogada en sueños. Sin necesidad ni intenciones de enfrentarse a una realidad monstruosa. El televisor continúa encendido. Las manecillas de un reloj que cuelga de la pared marcan las seis de la mañana. Comienza el noticiero matutino.
“Un secuestro realizado durante la madrugada, según informa el personal de seguridad en colaboración con el departamento de policía loca, tiene a todo el hospital central movilizado. La víctima, Cristina de Llano, fue sacada de la habitación doscientos dos, donde llevaba cerca de tres días en estado de coma. Sus familiares no han dado más detalles”.

octubre 07, 2013

Otoño.

Otoño es una de las estaciones que más me gusta. Aunque lo acertado sería decir que cualquier estación ausente de calor y bochornos es mi favorita. Sin embargo, el otoño, posee un balance que lo vuelve atractivo. Sus mañanas son frías pero soportables, sus tardes cálidas y sus noches se presumen frescas.
Sobran pretextos para salir a dar una vuelta por la ciudad, llegar por un café o visitar a un amigo. Las pláticas se tornan cálidas e incluso, el humo del tabaco es menos molesto. Pienso que el tabaco adquiere mejor sabor en los climas fríos.
Los atardeceres del otoño, aún cuando la ciudad quiere interponerse, bañan las calles con sus tonos aún más vivos que los de la primavera. Porque la primavera se siente la reina sólo por sus colores chillones, pero el otoño es serio, sobrio y elegante. El otoño huele a galletas recién horneadas, a té de manzana con canela, a chocolate humeante con malvaviscos. 
El otoño carga con las lunas más hermosas y para los poetas, el trabajo aumenta más que en otros periodos. Al verano no se le puede componer un soneto porque para lo único que sirve es para enamorar momentáneamente a los débiles de corazón. A los que las playas los llenan de regocijo sólo por un instante. El verano acarrea con diversiones infantiles que se olvidan al finalizar la temporada. El otoño es la estación perfecta para depurarse, porque nosotros, igual que árboles, cargamos con hojas que han de caer en algún momento. Y es que el otoño, llega para llevarse todo lo que ya no necesitamos. Trae consigo las bromas de pequeños monstruos, vuelve las noches más largas y recibe la visita de los que tuvieron que partir.
Resumiendo un poco, el otoño, se hizo para escribirle a los caídos y para ayudar a todos esos amores que no necesitan de una primavera para florecer.

agosto 16, 2013

Olvido.


Entender y recordar. De eso se trataba el escribir. Encontrar los errores, encontrarme a mí y no olvidar donde quedaron mis pedazos. De eso se trataba y lo olvidé.
Olvidé que las pausas servían para acomodar las ideas y que los puntos suspensivos, no van conmigo. Sobre todo, me olvidé que los finales no siempre llevan a un epílogo. Lo olvidé todo, lo olvidé, lo olvidé.
Y lo olvidé porque, cuando ya no sabía que escribir, me acordé que existes.

agosto 05, 2013

Surgical Steel, lo nuevo de Carcass.

Me acuerdo cuando años atrás, muchos años atrás, era toda una odisea hacerse de tal o cual álbum. Las tiendas de discos, como todas, surtían por demanda y para aquellos tiempos, el metal estaba dentro de una cloaca que no todos querían destapar, por miedo a liberar a Satán y a todas las ánimas del inframundo. Era el siglo XX y ¡todavía creían en ritos satánicos y toda esa mierda! 

La cosa es que ahora, gracias a Internet y a esos que por “error” filtran materiales en la red, las esperas se han agotado y también, la sensación de alivio. Esa que nacía desde lo más profundo de nosotros, al terminar de escuchar el disco, luego de un largo periodo de espera. Y aunque desaparecieron ciertas costumbres y emociones, todo tiene su lado bueno y es que, nos ha puesto frente a un enorme universo musical, que desea ser explorado. Y cazado. 

Ya se venía hablando del tema desde hace meses y hasta hace unos días, nos cayó un pequeño adelanto del que sería el nuevo material de Carcass, luego de muchos años sin producir. Carcass fue una de las bandas que me ayudó a encontrarle el gusto al death metal y junto con Cannibal Corpse, se volvió parte indispensable de varias playlist, que solía cargar en aquellos años de juventudes y borracheras.


Surgical Steel es el nombre de su nuevo material y de entrada, podemos observar una portada que se diferencia por mucho de la mayoría de las portadas de death metal. No hay sangre, muertos, mutilaciones ni cabezas de marrano. Aunque Carcass, nunca se ha caracterizado por lo llamativo de estas. Sin embargo, me ha robado la atención. Me gusta. No pude evitar pensar en el Heartwork de 1993 y eso, de alguna manera, provocó que tuviera más expectativas sobre el nuevo material, que el preview que compartieron hace poco.

Swansong, fue su último trabajo y aunque es, por donde quieran verlo, completamente diferente a todo lo que antes hicieron, no es malo. Es un death metal “rockanrollero” y divertido, pero no se puede evitar voltear la vista a la gloria de sus antecesores. Luego de diecisiete años, la banda regresa con esta nueva producción. Ni modo de no hablar al respecto. 

1985 abre el Surgical Steel. Unas melodiosas guitarras que no son otra cosa que un himno que ha de acabar sin aviso, para dar paso al violento sonido al que nos había acostumbrado Carcass en el pasado. La desgarradora voz de Jeff Walker, vuelve a hacer lo suyo con Thrasher’s Abattoir. Unos segundos son suficientes para reconocer el camino que ha de recorrer el Surgical Steel. Y es que suena totalmente a death metal. 

A diferencia de la asepsia que encontramos en la portada, el Surgical Steel, está plagado de coágulos de sangre, bolsas para cadáveres, incumplimiento de normas y cosas no aptas para el consumo humano. Todo eso, llevado a nuestros oídos, de la mano de dos de sus fundandores: Jeff Walker y Bill Steer, acompañados del baterista de Aborted Daniel Wilding y Ben Ash. Surgical Steel, para nada, sigue el camino de su antecesor y con esto, la espera ha valido la pena. No sería sorprendente que a finales de año, nos encontremos con que se convirtió en el mejor disco dentro del género. 

Ahora solo queda esperar a que las tiendas lo tengan en sus estantes, porque es un disco que merece su espacio en la repisa.

julio 24, 2013

Retazos.




A estas alturas, escribirte ya no es una locura. Locura, es dejar que me consuma la incertidumbre pero no puedo permitírmelo porque, ante todo, ahora tal vez sea tu turno.

Quiero hacer sangrar a estas letras para que haya constancia de que, esta parte de mí es la real y no el álter ego, dominado por fantasmas de un pasado que ya no me pertenece.

Debo estar loca o tener problemas de algo porque hoy y luego de librar una batalla, me he quedado sentada en algún lugar, a ver como la vida pasa. Y es una mierda. Y el café hasta se ha enfriado.
Es una fortuna poder escribir y no tener que atormentarme por pagar la factura del terapeuta. Casi es seguro que debo estar loca o tener problemas de algo porque, sin amarte, me empieza a consumir tu ausencia. Y es que nada tiene lógica. Sin embargo todo está muy claro. Esta vida no nos corresponde compartirla.

Dejé preparadas mis maletas al lado de la puerta. Tenía la idea de comenzar otras historias. Las dejé ahí por estrategia, algo me decía que tendría que regresar por donde vine. Y es que llegué un poco tarde, perdón. Aunque de todos modos ya había llegado tarde a la vida, desde un principio.

No es que nos falte corazón para estar. Nos falta aprender a remendar nuestras costuras porque los trapos viejos, con el tiempo se desgastan. Y es cuando vamos por ahí, haciendo jirones de nuestra propia vida. Tal vez jamás volvamos a vernos completos y andemos aquí y allá, perdiéndonos de la gran historia que nos debemos. Pero entiende algo, las mantas hechas con otros pedazos son más cálidas que un aburrido y rasposo, retazo que nunca ha sido cortado por la vida.

julio 08, 2013

De alguna forma.

"Hay una grieta en todo, así es como entra la luz"
Leonard Cohen.



De alguna forma, todos estamos rotos. Incompletos. Hechos de pequeños pedazos de historias, que piden a gritos, ser contadas. Porque las historias, son las que nos llenan de vida. Las que nos hacen volar, sin desprender los pies de la tierra.

De alguna forma, todos estamos rotos. Deseosos. Sujetados por grandes cantidades de sueños que habitan, pacientes, en la sala de espera de nuestra mente. Sueños que nos dibujan sonrisas, cuando tenemos ganas de llorar.

De alguna forma, todos estamos rotos. Solos. Maravillados con ese pedazo de mundo que nos toca y disfrutamos, que nos hace felices, hasta que alguien regresa para reclamar (sin hacerlo) la parte, que un día, compartiste.  

De alguna forma, todos estamos rotos, pero conscientes del lugar donde se han quedado nuestros pedazos. Por si un día, decidimos recuperarlos.

junio 29, 2013

Bitácora de sueño.



Otra vez no puedo dormir. Tengo la razón clavada entre los ojos, aunque yo diga que no. Si te escribo es porque mis madrugadas están ausentes de ti. También mi vida y mis caídas. Todo es ausencia, si lo vemos desde mi perspectiva.
No quiero que se agoten mis reservas de sueño, a menos que sea para entablar una lucha por la posición de nuestros cuerpos. Aunque si lo pienso de otra forma, ese color té que tienen tus ojos, fácilmente me puede relajar. Entonces me pregunto si me ven a mí o a lo que fui. 

Eres mi amante insomne porque aunque quisiera, no puedo llamarte de otra manera. Vienes y haces de mis noches un tormento. Te acercas un poco y siempre voy a querer más de ti. Te alejas y entonces mis noches son insoportables. Como esta, como las siguientes y las anteriores.

Por tu culpa he corrido un derby desde mi cama y también llegado a la Luna. Porque desde entonces, mis noches me cuentan historias y te inventan en distintas formas. Porque te vuelves el torrente de cafeína, que me recorre el cuerpo durante el día. Entre sueños, me encuentro discutiendo con Neruda porque no puede ser que solo esta noche te pueda escribir versos, si todas mis noches las quiero contigo, porque al menos en las letras hago de ti lo impensable. Y es que ahorita solo busco pretextos, estúpidos, si así lo quieres ver. Pero tengo la habilidad de convertir pretextos en razones.
Otra vez no puedo dormir y la razón, no el pretexto, la tengo clavada entre los ojos. Me estoy cansando del vacío que tiene mi cama.

junio 06, 2013

Deténgase y escuche: Darkest White de Tristania.




Ya va siendo hora para desechar las comparaciones. Tristania, o mejor dicho, la nueva era de Tristania tiene ya dos discos en su haber. “Rubicon” me agarró con la guardia baja, pues habían pasado muchos años desde la última vez que los escuché. De alguna forma, verlos en vivo antes de probar el disco, amortiguó un poco el golpe. Demurtas, tal vez no tiene una impresionante voz como Vibeke, sin embargo, tiene lo necesario para cargar con el peso de una banda ya consolidada. En aquella ocasión hizo del escenario lo que quiso y cuando un vocalista, te inyecta toda esa energía, es algo que se agradece.

“Rubicon” no es un gran disco, encuentro un sonido nervioso e inseguro. De otra forma no hubieran utilizado a Kjetil Nordus como soporte de Mary. La combinación de las voces me gusta, suenan bien juntos, pero si todo el “Rubicon” hubiera seguido el esquema de la canción “Year of the Rat”, probablemente habría tenido una mejor respuesta.

Darkest White es lo nuevo de la banda y aunque los primeros segundos de “Number” casi me hacen cerrar Spotify, creo que no fue tan malo después de todo. Definitivamente no es y nunca volverá a ser la Tristania del Widows’s Weeds, pero este disco, no le pide nada a ningún otro. Tiene un sonido más elaborado, los guturales de Anders hacen un interesante juego con la voz de Demurtas, además, Kjetil Nordus hace lo que mejor sabe, dejarnos con ganas de más voces graves y soberbias.

Con Darkest White, Tristania apostó al viejo sonido del metal gótico, sin dejar de sonar a nuevo. El bajo de Ole Vistnes tiene fuerza y las guitarras de Anders  y Gyri, aunque no poseen solos impresionantes, crean un perfecto conjunto en todo el álbum. A diferencia del “Rubicon”, aquí no están explotando la voz de Demurtas, lo que hace del Darkest White, un material digerible para diferentes gustos.

Como todo álbum, tiene canciones que te sacan del camino. Tal es el caso de “Diagnosis”, una canción con un sonido similar a su antecesora “Requiem”. Ambas poseen un alargamiento innecesario en algunas estrofas del coro, que te hacen perder el ritmo de la canción. Luego de escuchar Night on Earth, el álbum se recupera de los tropiezos de sus otras canciones.



Quizá juzgué muy pronto el disco, pero al reproducirlo por segunda vez, me doy cuenta que Tristania está sonando fuerte, muy fuerte para que lo escuchen.

mayo 14, 2013

No cuenta como robo.


El domingo desperté con la ingeniosa idea de escribir un cuento de ciencia ficción, sobre un sujeto que tenía la cualidad de adoptar la forma que le diera gana. Tuve un sueño respecto a eso, vi su apariencia física y todo lo necesario para describirlo (el sueño terminaba conmigo en la cárcel). Hasta había pensado en mi discurso cuando me dieran mi premio Nébula.
La ducha, es un buen lugar para planear la conquista del mundo y también, para que se te ocurran las mejores ideas y no tener donde escribirlas (Eso era hasta que inventaron las notas impermeables, click aquí para leer la nota). Ahí, en ese templo de la procrastinación y la creatividad, se fue todo al carajo. La ingeniosa idea sobre el sujeto polimorfo que vivía entre humanos, no era más que una parte que había leído la noche anterior y que mi subconsciente, adoptó como suya. Yo no iba a robar usar la idea de Alfredo. O quien sabe.
En un mundo en el que ya todo (o casi todo, yo que sé) está escrito, no hay mucho para donde hacerse y los nuevos escritores tenemos tienen esa enorme piedra sobre sus espaldas. Un libro, puede ser como esa canción ochentera que tanto te gusta y luego, veinte años después, alguien llega de la nada promocionando el cover y no sabes si reír o llorar. Soy de las románticas que piensan que un cover debe sonar mejor que la original y no convertirse en la réplica remasterizada.
Quizá ocurra algo parecido con la literatura. Existe una enorme caja imaginaria de ideas (algunos le llamamos llaman influencias) que en algún momento formará un enunciado, después un párrafo y en el mejor de los casos, un texto completo. Puede que alguien un día lo lea y diga: Mira, esta morra se ha plagiado al Alfredo.
Han de estar pensando que trato de justificar mi intento de plagio, pero no. Creo que no hay tal cosa,cuando se toma una característica de un personaje que ya vino al mundo y adaptarlo a situaciones, entornos y argumentos diferentes. Es como si se culpara a Alfredo por escribir las aventuras de sus personajes en Ganímedes y Marte, cuando otros escritores también los han incluido en sus relatos. Lo que sí es malo, malísimo, es usar el trabajo de alguien más, cambiarle el título y que no satisfecho con ello, se publique con faltas de ortografía. Pero total, no todos nacimos para ser escritores o tal vez sí, pero aún no encontramos algo que nos guste, en nuestra enorme caja. Yo por eso, mejor me encierro en la oficina todos los días.




(El personaje, víctima de mi maldad, es Demi Jevoux, del libro "Los impostores" de Alfred Bester y que pueden leer aquí o me lo pueden pedir cuando lo termine) 

abril 02, 2013

Retratos




Hay sombras bajo tus ojos, escombros de sueños que no fueron, marcas de batallas perdidas. No veas el reloj, se ha hecho tarde de nuevo. Sabes que debes correr, quizá con la taza de café en la mano, de ese café barato que consigues en cualquier supermercado. Es horrible y lo sabes, pero es rápido. Tres minutos en el microondas, un par de cucharadas  y ya está.
Con algo de suerte alcanzarás el bus de las ocho y quince, conoces el trayecto a la perfección y el tiempo parece detenerse, tus pulmones no colapsan. Llegas puntual cuando vas tarde. Respiras con calma, aún no hay nadie  por  los pasillos. Un cigarro que apacigüe el hambre, se te ha olvidado desayunar otra vez.
Caminas hasta la cafetera, el tiempo avanzó rápido y ya hay algunas personas. Piensas si serán igual que tú. Si se les hará tarde por las mañanas, si comprarán la misma basura de café del supermercado, si a ellos también se les olvida desayunar de vez en cuando. Sirves tu segundo café del día, con un poco de crema para mitigar los problemas gástricos que los excesos van provocando. Quejas, deudas y llantos nocturnos, son lo que tienen tus compañeros para ofrecer en una plática matutina. Somos tan comunes que ni los problemas nos distinguen, piensas.
Regresas a tu lugar, tienes trabajo que hacer. Hay una montaña de papeles frente a ti, presupuestos, balances, inventarios, gastos ¿por donde empezar? Te preguntas si ocho horas serán suficientes para terminar con eso, quizá después,  puedas pasar por ese nuevo restaurante y encontrar caras diferentes, personas que tengan problemas diferentes y que no compren esa basura de café del supermercado.
El sol se va ocultando poco a poco, es hora de regresar a casa, titubeas sobre si debes dejarte los lentes o no. Otro día llegarás a ese nuevo restaurante, hoy no. Media montaña de papeles se ha quedado pendiente para el siguiente día, caminas despacio, con el cansancio a cuestas, tienes la sensación de que al acelerar el paso tus piernas se volverán de mantequilla y caerás. El reloj dice que tienes un par de horas antes de que te alcance la noche y pasas por esa franquicia que te ha salvado la vida en innumerables desayunos olvidados. Pides un café, unos cigarros y te quedas a esperar el bus. Con un poco de suerte, mañana podrás pasar a ese restaurante nuevo y encontrar caras diferentes. A los retratos diarios, de vez en cuando, les hace falta una capa de polvo.

Clavos de olor.

La música comenzó a sonar con fuerza en mi cabeza, mis dedos tamborileaban la mesa donde descansaba el cenicero y un tarro de cerv...