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In Memoriam.

“La misión de cada hombre es llegar a sí mismo. Podríamos ser poetas, locos, asesinos o profetas, eso era irrelevante, pues al final, lo realmente vital para cada uno, es encontrar su destino y vivirlo intensamente”.

-Herman Hesse.




Le estaba escribiendo una letanía a su recuerdo hasta que caí en la cuenta de que no necesitaba expresarlo detalladamente y menos, de manera pública. Oprimí el botón de suprimir y me preparé un café.
Me puse a pensar en todas esas historias que contaba. Las noches de verano sobre la azotea resultan mágicas ahora que pienso en ellas, esa pequeña televisión a blanco y negro que por años transmitió grandes momentos y todo puede resumirse a una gran historia que tal vez, nunca llegue a escribir.

Resulta que me he vuelto muy celosa de mis recuerdos, algunos los he olvidado con el paso de los años por mera intención, otros permanecen reproduciéndose día a día, como si los viviera sin parar y el resto están guardados en alguna parte. Él ahora es uno de los que siguen reproduciéndose, hace un año murió y con él, un capítulo terminó de escribirse por si solo.

Los años seguirán pasando y poco a poco olvidaré como recordarlo al instante, demoraré dos minutos, cinco, un día. Me quedarán sólo las fotografías y este texto, el playlist de aquel amanecer, el olor de la canela hirviendo en la taza de aluminio. El silencio ensordecedor que dominaba nuestra habitación y las miradas que cada uno evitamos para no desarmarnos. Me quedaré con lo que le aprendí.
Los lugares irán quedando vacíos al pasar de los años, nuestras bocas dejaran de emitir sonidos, nuestro cerebro ya no recibirá imágenes y sin embargo, existirá alguien que pueda recordarnos. Que nos mantenga con vida.

Desearía que estuviera aquí para leerle lo que con sus historias dotó de vida, pero solo podrán leerlo, los que estén cerca  y los más alejados, los que te conocieron y los que faltaron, a los que viste y a los que no llegaron a tiempo.
Las letras de la ausencia me rompen, la voz ahogada de una despedida que anticipadamente tuvimos revolotea incansable. Guardabas silencio mientras te leía a Dostoyevski, te quejabas un poco, no sé si de dolor o de lo mal que leía por culpa de mi incapacidad al ver de cerca el inminente final. Las cosas cambiaron tanto. Un invierno crudo nos azotó al poco tiempo que se fue. Los árboles, a los que le cortaba sus ramas cada año para que no estorbaran el cableado eléctrico se quemaron, sólo sobrevivió el pingüico. El durazno dio un solo fruto en la primavera, tal y como lo esperaba desde que lo plantó.

A manera de recuerdo, dejo estas líneas para que otros las lean y sepan, la formidable persona que inspiró a crear montones de borradores que están guardados en mi habitación y que un día podré terminarlos. Empezaré por ese “Gracias por vivir sin reservas” que se me quedó atorado en la garganta aquella tarde del 23 de Diciembre de 2010.

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