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Sábado sereno.

Hoy no fui a la oficina, sin embargo me levanté relativamente temprano. Me puse unos viejos pantalones que estaban a la mano, me recogí el cabello, admiré mis ojeras y fui a la tienda a comprar un sobre de ese horrendo café soluble de reconocida marca. Metí mi taza de círculos rojos al microondas y saqué un poco de leche del refrigerador para prevenir una terrible gastritis mañanera. Hace años que no tomo un café solo, debo estar envejeciendo.


Leí el periódico, nada nuevo; recordé mi sueño con Lady Gaga (ni yo entiendo porque la soñé), en el que ella me regalaba unos audífonos (?), escuché "1492" de los "Counting Crows" y pensé lo genial y serenas que resultan mis mañanas cuándo no está nadie. Limpié mi casa y me senté en la sala para seguir leyendo a Mary Shelley, luego re-acomodé los libros incompletos de los últimos meses. "Mañana los termino...", dice un post it. 


Me dí un baño y salí a la calle, había quedado de verme con una amiga en un centro comercial y llegué tarde. Llegué tarde porque pasé mucho tiempo en un retén de policías federales, asuntos de seguridad nacional, el tema de moda. La seguridad debería ser sinónimo de mito en nuestras tierras.
Me gusta hacer comparativos, por ejemplo, hoy tardé más en regresar a mi casa que lo que estuve con mi amiga comprando boletos para un concierto del que, leí por ahí, ya no había boletos. Pendejos Novatos.


Imposible no recordar el primer concierto fuera de la ciudad al que fui, como voy a olvidarlo si me costó vender varios de mis discos (porque yo era muy, muy pobre) y seguramente, me quedé sin cigarros.




Regresé feliz, con dolor de espalda y no fui a la escuela. Lo normal, ya saben.


Es Sábado en la tarde, no tengo ganas de salir, no tengo ganas de beber cerveza, seguramente voy a hundirme en cientos de canciones, compraré una Coca-Cola y una bolsa gigante de doritos, terminaré con Mary Shelley y pondré mi boleto de Judas Priest en el sobre dónde tengo el de Metallica y Slayer, para que no se maltrate. Mi único temor es partir a Guadalajara y olvidarlo. 





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Todo fue tan raro. Cuando desperté la cama estaba vacía, había recuerdos por toda la habitación. Las cortinas serpenteaban con las ligeras ráfagas de viento que entraban por mi ventana. Escuchaba claramente el paso de los vehículos, el sonido del ventilador, la radio que solo sintoniza una estación sin ponerse loca. Tenía los ojos rojos de tanto llorar, no recordaba en que momento me había quedado dormida. La espalda me ardía, el corazón latía con fuerza, como si se fuera a salir de su lugar, la alarma de mi teléfono celular comenzó a sonar, faltaban cinco minutos para las seis de la mañana. Era lunes. Me levanté como pude y me acerqué a la cafetera a servirme una taza, no había nada, lo olvidé anoche. Saqué la bolsa de la alacena y puse a funcionar la máquina. Caminé descalza por toda la casa, sintiendo el frío del suelo, caminaba de un lado a otro sin saber donde detenerme ¿detenerme para qué? Nunca lo supe. Entré en la regadera y abrí la llave del agua fría, me caló todos los hues…

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