junio 02, 2011

Escritos somos y en el cuaderno andamos.


Hace unos días empecé a escribir en un cuaderno que tengo desde hace millones de años. Me lo regaló la compañía para la que trabajaba mi Madre cuándo me gradué de la primaria. El paquete (porque era un paquete), incluía dos cuadernos más de forma francesa y pastas duras, una cámara de rollo sin flash, un reloj despertador con diseño vanguardista, un vaso para deportistas, una regla color verde campamocha bañada en desechos industriales y no sé que más, todo en un estilo muy chabelesco. En la preparatoria escribía en ese cuaderno, era una especie de diario. Siempre había renegado de las chicas que tenían uno y al final, formé parte de su círculo de escritoras de closet. Terminé rompiendo sus pocas páginas escritas en un arranque, de esos, que comunmente se presentan en la adolescencia.

Durante años guardé los cuadernos sin darles un uso específico, de hecho, permanecieron en cajas, hasta que una tarde los desempolvé. Si ya habían estado conmigo un montón de años, podrían con unos cuántos más, pensé. Pero esta vez, con todas sus páginas -o al menos las que le quedaban-, plagadas de letras.

Escribiendo en las noches, me dí cuenta de que aparte de tener una letra horrorosa por la falta de práctica, verdaderamente necesitaba escribir algo que no fuera solo para entretener. Que fuera más personal, incluso más intimo. Idea, que en un principio, fue el motivo de vida de este blog y que por esa sed de tener lectores hice a un lado. Nuevamente vuelvo a sentir que escribo por el placer de hacerlo,  y que solo tengo la necesidad de satisfacer a una sola persona: Yo

Tal vez pronto,  algunas de esas páginas formen parte de este blog, que al igual que el cuaderno son muy míos y que sirven como máquina del tiempo y medicina de mis cuadros de amnesia. Finalmente, la manera más sincera que conozco para comunicarme, es escribiendo. 




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