febrero 07, 2011

No vivo del rock. Vivo con él.


Era mas o menos 1994 cuándo mi mamá me llevó a comprar mi primer regalo que de verdedad me gustó y me llenó de una emoción absurda. Un estereo panasonic de bocinas enormes y una tornamesa desmontable. En aquel tiempo supongo fué una joya para la escucha de música. Aunque la mayor parte del tiempo era usada por mí para reproducir mis cassettes pop y a escondidas los de mi mamá con rolas ochenteras tipo Karma Chameleon o Take on Me, ella también hacía de las suyas.

En su tiempo y cuándo mi conocimiento de música era tan parecido al que muchos de ustedes tienen los escuchas de "La Kaliente" o "Stereo Joya". La colección de vinilos me parecía solo "un monton de viejos discos" pero sabía que mi mamá no había comprado ese moderno estereo panasonic con tornamesa desmontable sólo para darme gusto. Había algo más.

Yo no tenía una idea exacta de cómo funcionaba una tornamesa, sabía que esos discos grandotes nada tenían que ver con el "compact disc" y que su reproducción me resultaba extraña y primitiva. Abrí la tapa que cubría la tornamesa y lo encontré. Dentro estaba un vinil y en el centro decía The Beatles, aún no sé por qué mi mamá lo había dejado fuera de su ¿caja? ¿cartón? ¿protector? ¿portada de tapa dura?. Pero lo que si sé es que se lo voy a agradecer toda mi vida.

Hubo un tiempo, en el que dije cosas como The Beatles apestan, es música vieja, por que escuchas a Queen, suena horrible ¿Pink Floyd? ¡Eso es de hippies! pero en cuánto me quedaba sola, el único problema que existía es que todos llegaran antes de lo esperado y me descubrieran escuchando los vinilos que mi madre había comprado en su juventud, quizá con su primer empleo. Yo tenía que seguir mi papel de ser "la niña consentida de mamá" que le gusta la música pop y vestirse como Fey (¿O era Axl Rose?).

En una de las visitas esporádicas que le hacíamos a la abuela Rosa (Madre de mi Padre), cometí la imprudencia de ir más allá de la sala y entrar al cuarto -sin permiso- en el que mi Padre dormía. El cuarto carecía de decoración y tenía una gran ventana que daba hacia el patio trasero, ésta estaba cubierta por un retazo de terciopelo rojo que evitaba la entrada de luz. Sobre la cabecera de la cama había bocinas de diferente tamaño, marca y una tornamesa color gris con muchos botones y reproductor de cassettes. A la derecha, cerca de la enorme ventada estaba pegado un póster de algunos 70 x 40 cm en colores azul, negro y amarillo. Era de un arbol seco del cual salía un demonio que no parecía tener buen humor, fué entonces cuándo supe que no le tenía miedo a la oscuridad.

Tuve la fortuna de tener a dos padres, mi abuelo Gabriel (Padre de mi mamá) fué la figura paterna y llena de autoridad durante 23 años y que en una viaje que hizo junto a mi abuela por algunos estados del país me trajo un estereo portátil, fué lo primero que me llevé cuándo nos mudamos. La primera noche que pasamos mis padres y yo en la nueva casa, usé el regalo de mi abuelo y a escondidas tomé un par de cassettes que mi papá había llevado. El coro decía "Flash before my eyes now it's time to die" fué la primera canción que escuché en un regalo de mi abuelo y la que me avisó una madrugada de Diciembre que él se había ido para siempre.

Siempre me ha gustado andar viajando y mi abuela, al ser en ese entonces su única nieta, me llevaba a todos lados. Siempre ibamos a visitar a mi tío, quién desde que me acuerdo vive en Cd. Juárez, por lo general en el verano. Una navidad, él vino de visita a presumirnos a su nueva esposa, A.K.A. mi tía Hell-A. Mi regalo por parte de los dos fué un walkman. La diadema era de aluminio muy delgada y a los lados le salían dos bolas cubiertas por una telita negra. La mañana de navidad se tomaron una fotografía en la sala para dejarsela a mi abuela como el recuerdo de su juventud, quién sabe hasta cuándo volverían. En la fotografía mi tío al no encontrar mejor atuendo, usaba una camiseta negra, tenía un angel en una posición de querer alcanzar algo en el cielo. Luego me explicaron que un "zeppelin" o dirigible era un globo ovalado con hélices, "Cómo un submarino que vuela, mamá".

En la misma década de los noventa, lanzaron al mercado un álbum con temas de amor para los más románticos: Pure Love. Güeyes como Lionel Richie aparecían en el tracklist. Mi mamá no se iba a quedar con las ganas de tenerlo. Le dije que esa música estaba de hueva, esta vez no mentí, algunas estaban muy aburridas. El "Pure Love" me presentó a ABBA con la conocidísima canción "Fernando" y con la que soñaba tener un novio con ese nombre para cantarle. Además me enseñó a disfrutar de Bee Gees y entender por que Travolta bailaba con tanto éxtasis en Saturday Fever Night. Lo más memorable quizá, fué el lado B del álbum, el escorpión dejo su ponzoña y hasta la fecha (más de 10 años despues) sigo amándolo.

Más de la mitad de mi vida he estado rodeada de música, de güeyes que nunca conocí por equis razón y a los cuales respeto, admiro y les tengo un cariño incomprendido por muchos. Cada día es una canción más en el soundtrack de mi vida. No imagino despertar una mañana sin una rola de AC/DC, tomar mi café sin Pink Floyd, escribir burradas sin Metallica, caminar hasta la parada del transporte público sin Van Halen, maldecir a Dios por mi mala suerte sin Slayer, quedarme un fin de semana en casa sin The Beatles. No imagino mi vida sin la música que tengo, por que me dió a mis mejores amigos. Apuesto a que a ustedes nunca les ha llegado un mensaje al celular que diga: "¡Estan tocando Aces High!". Subirse al escenario con la banda y rockear amor marrano. O quedarse en la calle a las 3 de la mañana sin saber dónde pasar la noche después de un concierto. Irte a emborrachar con tu amiga deprimida en vez de entrar a un concierto que jamás se va a repetir y teniendo el boleto en la mano. Romper madres para llegar a primera fila. Irse a otra ciudad con la pura bendición sin saber si vas a encontrar boleto un día antes del concierto. Amenizar el vómito con Raining Blood. Bailar como quinceañera con Love Hurts. Que tu amiga tenga pensamientos apocalípticos con Our Solemn Hour y que al día siguiente tiemble en Haití. O simplemente, planear tu entierro con I Wanna Rock. Si todo esto no es sentir la música y amarla... entonces no sé lo que sea.

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