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Intermitente.

El día había llegado, el miedo, que seguía latente, había que hacerlo a un lado. Dejarlo ahí dónde no pudiera interrumpir la escena.
Las palabras aparecían en la mente, carentes de sentido, imposibles de emplearlas en una frase concreta. Los nervios habían llegado a su nivel máximo. Pronto llegaría el sudor frío, las nauseas, el vómito...

Resulta complicado describir por qué o cómo es que ocurrieron las cosas, ahí estaba, frente al monitor con el puntero intermitente sin saber como continuar. Las horas pasaban, el café se enfriaba, la idea parecía no querer llegar nunca.

Conocía de sobra lo que quería decirle, lo había estado practicando por años, cómo si se tratara de aprobar con honores su examen profesional. Lo había estudiado detenidamente. Practicaba frente al espejo y en ocasiones lo escribía, como si se tratara de una serie de instrucciones para hacer funcionar un armatoste.

Había comenzado por sentir cierta emoción, una especie de adrenalina al crear palabra por palabra, sin saber aún la reacción que tendría en su destino. Esa pesada incertidumbre de no saber, de no leer en su rostro una respuesta, de no estar ahí en cuánto empezara a comprender que era lo que tenía en frente.

Al final no fue más que el resultado de sus eternas noches, de sus compañías etílicas, de la nicotina de sus labios. Un retrato textual de su vida pasada, el conflictivo presente y un futuro prefabricado, basado en situaciones tan distantes a las reales. Tan fugaces y a veces, tan deplorables. Sin embargo, amaba todo eso, lo amaba de manera infame.

Y no es que el amor sea su fuerte, no tiene la seguridad de reconocerlo a la primera, no sabe exactamente los efectos y los trastornos que puede provocar. Encuentra más sencillo el sexo, una diversión aleatoria, un grillete sin cadena. Gratis o con cuota.

Entonces, ahí seguía, al igual que el puntero en su monitor: Intermitente.

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