diciembre 11, 2010

Pronto le daré un final.

Me siento como Gregorio. Si, ese Gregorio, el hombre insecto de Kafka. Me siento sin saber que hacer, cómo cuándo él, después de mutar, tenía que aprender a moverse, acostumbrarse a su nuevo cuerpo.
Es una sensación parecida, sólo que no soy un insecto, no aún. Pero ahora tengo que acostumbrarme a esto, es difícil, muy difícil. Además esa sensación de que todo terminará pronto, no logra desaparecer, me remolinea en la cabeza.

Tengo la increíble facilidad de demostrar que las cosas están bien, esa discreta sonrisa que disfraza la realidad, ese poder de creer que hay algo de razón en mis palabras y que todo es un mal sueño. Un oscuro sueño.
Sería una tragedia si tomara la postura de la familia de Gregorio (si, el hombre insecto de Kafka), una verdadera tragedia. Más trágico incluso que estar citándolo cuándo no se que escribir.

Es fácil perderse entre las letras de lo que normalmente no se podría decir, igual que perderse en una canción o imaginar si podría perdonarme por intentarlo de nuevo. Pero creo que no, yo en lo personal no me lo perdonaría, pero a él podría preguntárselo.
 
Podría sentarme en el sillón a ver como pasa el tiempo y cómo el cuadro se deteriora más, cómo lo consume de la misma forma que el fuego al papel.

Y ahí está, en silencio. Quisiera poder acercarme, pero estoy demasiado lejos, tan lejos de sí. De esa lejanía que pesa, que te atrapa, que termina contigo. Y todo sigue igual y no sé si pueda ser capaz de cambiarlo.


No me siento con el poder de romper el cristal, ésta jaula, tan frágil y fina, la misma que me muestra la verdad a su modo, la que a veces me engaña, la que no me deja cruzar.

No sé, no encuentro palabras adecuadas para forjar el final, el final de una historia, de un párrafo, de un cuento, el final, ese que termina en punto. Aunque también me pregunto si es correcto, finalizar algo que en un principio sólo formó parte de una idea abstracta de lo que realmente quería, un principio no elaborado, una cortina de humo, una aparición.

Tal vez, sea sólo de cuestión de dejarlo así...

Punto.

diciembre 01, 2010

Él.

No sé cómo es la muerte, nunca la he tenido cerca. Una vez, murió alguién y yo era muy joven para entenderlo. No sé que decir cuándo alguién muere, me resulta hipócrita decirle 'lo siento', pero sería descortez quedarme callada. No lo había pensado hasta ahora, hasta que él está muy enfermo.
Todos hemos tenido un contador de historias, él tiene la habilidad de recordar cada detalle, cada paso que dió, cada nombre y cada rostro. Él habría sido un gran escritor, si la vida le hubiera dado la oportunidad.
Él me enseñó el primer acorde de guitarra, él lo inventó me dijo. También pudo ser un gran compositor. Él, él estaba enamorado de Sofia Loren. Él puede decifrar cualquier acertijo. Armar cualquier rompecabezas. Él puede, si se lo propone, reparar un cohete. Fácilmente, él podría construir una máquina del tiempo.
Él siempre se vió cobijado por las estrellas y me invitaba a verlas en las noches de verano, en el techo de la casa. Cuando nací, él no sabía pronunciar mi nombre. Ahora lo ha dicho más veces, de las que se pueden contar. A él le gusta cantar, también habría sido un gran cantante. Un romántico de los que llegan al balcón con una rosa en la mano. Él me enseñó a jugar a las cartas y en dominó, es invencible. Me contaron que él, también fué experto en billar.
Él siempre tiene la razón, sabe que la tiene. Él es un dragón, que siempre ha protegido su castillo y a las doncellas que lo habitan. Una vez lo ví llorar, la primera vez en casi 20 años. Él me enseñó muchas cosas, esas cosas que ahora están aquí, por que no me atrevo a enseñarselo, por que no hace falta. Por que él es un sabio, un adivino, él es tantas cosas. Él es cómo mi Padre, él es mi Padre...

La diferencia.

Aún hay ocasiones en las que te pienso a deshoras, pero no me incomoda más tu fantasma. Ya no escribo notas en las servilletas de lo...