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Nada más me acuerdo.

Me gusta Noviembre y el pan de muerto, las calaveritas no del todo por qué es demasiada azúcar y lo último que quiero es caer en un coma diabetico, no gracias. Lo qué no me gusta mucho es ir al panteón por que luego me entra la "compradora compulsiva" (qué todas llevamos dentro), sobre todo cuándo de cañas de azúcar se refiere (en serio qué no me quiero morir) y algunas chucherías que nada más en mi pueblo y en ese panteón en específico venden y no les diré que es por que todo copian hijos de su pinche madre.

Tanto es mi gusto por ésta celebración que uno de mis próximos tatuajes se tratará de una calaverita de azúcar, no creo que la tinta me indusca al coma diabetico, ¿verdad?.
Me gustan también los altares, cuándo era niña mi mamá y yo hicimos uno para mi tío Jorge, mi bisabuela Victoria y mi bisabuelo "Don Boni", estaba chiquito hecho con las cajas de mis juguetes y aunque no tenía todo el cotorreo que lleva un altar bien hecho, estaba bonito.

Fué el primero y el único que hicimos, creo que mi mamá y yo no nacimos para seguir patrones; tal vez sea esa la razón por la que no me explico que éste cabrón blog siga con vida. Pero eso no tiene nada qué ver.
En noviembre también, mi mamá -a cambio de papel moneda- me pide amablemente que baje las cajas verdi-roji-blancas que estan en la cocina y haga uso de mi talento decorativo (y sin ánimo de lucro) para que Satán Clos venga un mes después a dejarme... Nada.

Pero luego descubrí que en Noviembre también, pasó algo qué me cambió de manera extraña. Aunque realmente al principio no tenía ni idea de por qué MI noviembre tenía un día menos.
Una vez en una de esas reuniones de cervezas ocasionales en la casa de Rolando, me platicó de lo que había hecho después de que se vió frustrada su asistencia (y la mía) al concierto de Iron Maiden en el 2008. Su febrero tenía un día menos: el día 22 fué borrado del calendario. Así cómo mi 29 de noviembre.

Noviembre no me importaría sino fuera por el pan y las cañas de azúcar, pero éste también fué el mes del debút de mi disuelta banda, qué me dejó un muy buen sabor de boca aunque para los oídos del público haya sido una pesadilla auditiva de la que hubieran querido despertar lo más rápido posible.
Me enfoqué tanto en olvidar ese día, que recuerdo paso por paso todas y cada una de las cosas que hice desde qué me levanté, hasta qué me dormí después de cenar hamburgesas de la Matamoros, bleh.

En Noviembre tuve el presentimiento de que todo saldría mal en el toquín, fué peor. En terrenos musicales a Joy le falla la guitarra y deja de tocar, por culpa de una tipa se retrasó nuestra presentación y nada más nos dejaron tocar 3 rolas cuándo los demás tocaron como 1000, entre otras cosas que recordaría con más detalle si no le hubiera entrado duro y túpido al alcohol barato.

En Noviembre fué la primera vez que tomé alcohol "para olvidar" pero creo que no funcionó del todo, por que aunque no lloro, nada más me acuerdo. El Isis me había dado los momentos más gratos de mi existencia y fué en Noviembre cuándo arruinó nuestra relación, pero Isis no tiene la culpa realmente. Nadie la tiene, si acaso tal vez yo por negar la realidad o más bien callarla.

Noviembre me dejó muchas cosas buenas y malas, qué mas bien fueron más malas que buenas quién sabe, pero de entre esas -pocas- cosas buenas está la razón de éste post, callarse las cosas no trae nada bueno, al contrario se arma un pinche desmadre bien idiota. Ayer fué el último día de Octubre y cómo entremés a lo malo/bueno de éste Noviembre, un inesperado encuentro me recordó por qué en mi calendario no estaba el número 29.





- Hola ¬¬

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