noviembre 17, 2015

No había gran cosa.




Antes de ti no había gran cosa. Solía ir de vez en cuando, a tomar café, a dar consejos a los amigos, consejos que nunca apliqué en mi vida.  Luego de la oficina, caminaba directo a casa a ver una película o continuar la lectura. Escuchaba la música de siempre. Bebía cerveza los fines de semana, rebloggeaba en Tumblr para matar el tiempo. El odioso tiempo al que también, hay que darle su tiempo, para que nos dé las respuestas que buscamos. Para que solucione lo que nosotros no hemos podido o no hemos querido. Y el tiempo, me asfixiaba y no tenía tiempo, para dedicarme a eso.

Podía ver a la gente feliz. Con enormes sonrisas en sus rostros disfrutando de una cena, de una ida al cine, incluso paseando con sus niños, pero yo no podía siquiera visualizarme en un escenario como ese. Me veía despertando a las seis de la mañana para servirme la primera taza de café, leyendo las noticias en el móvil, esperando que se diera la hora para salir de casa y pasar todo el día encerrada en la oficina hasta que llegara el momento de regresar y volver a lo mismo de esa mañana.  Y también, me la pasaba escribiendo sobre todo lo que no tenía. Todo lo que no había sido hecho para mí. Antes de ti no había gran cosa. Sólo este desorden y muebles empolvados.

El día en que llegaste, recordé todos esos cuadernos en blanco y canciones sin reproducir. Esos atardeceres enmarcados y los días lluviosos guardados en un frasco para evitar que se derramaran. Me encontré esas frazadas hechas a medida para los días fríos que están por venir. Tal vez, no sea gran cosa, tal vez no exista algo mágico dentro, pero al menos el tiempo, ese odioso tiempo, ya no pasa en vano. Antes de ti, no había gran cosa pero sí lo suficiente para hoy.


febrero 05, 2015

Despedidas obligadas.


Escuché aquella frase que dice "No tires la toalla" y me dieron ganas de responder, yo no la tiré, me la tiraron. Así de ridículo. De pronto cuando voy caminando y escuchando la música de siempre, pienso puras estupideces. En ti, por ejemplo. Y pienso y pienso y pienso y así hasta que me canso y me fumo un cigarro. A veces dos, a veces tres. Todo depende de las ganas que tenga de morirme en ese momento. Aunque no me moriría por ti. Sería tonto ¿no?

¿Entonces a qué viene todo esto? a veces me pregunto, porque también he desarrollado el hábito de hablar sola continuamente. Pues, te cuento. Los dos primeros días o tres, me llevó el demonio. Al siguiente, afortunadamente, ya estaba pensando en whisky y en ti, otra vez. No estoy enojada, ni sentimental, ni nada de eso que dicen, se siente. Pero eso es lo más triste, no sentir absolutamente nada o mejor dicho, no saber qué sentir. Porque mira, yo ya me había preparado para recoger de la basura todos mis sentimientos por ti. Y también me había preparado para gritar de felicidad. Ambas cosas y en ese orden. Pero una mierda, no estaba preparada para tu silencio. Así que tuve que responderme yo sola porque tú no fuiste capaz de hacerlo.

En los días subsecuentes no ocurrió evento alguno del que pudiera hablar ahora. Todo siguió en calma, seguí haciendo las mismas cosas, visitando a las mismas personas, escuchando la misma música y fumando la misma marca de cigarrillos. Borré tu número de teléfono porque el whisky traiciona a los débiles. Y me despedí de ti. No llevo nada conmigo más que el recuerdo de aquellas noches en las que no podía dormir. La única foto que tenía ya no existe y la promesa de una nueva, la guardé en el cajón junto con las cartas que jamás escribí. 

Me fui de tu sala de espera porque las revistas eran horribles y mi turno parecía no llegar nunca. Decidí salir a divertirme y dejé de pensar en lo interesante que sería que estuvieras tú y no alguien más. Los cuentos de hadas se hicieron para leerse y nada más.








marzo 26, 2014

Extraño(s).


Sobra decir que te echo de menos. Los días pasan como si llevaran prisa y lo primero que me viene a la mente es eso, como si te tuviera en frente o al lado para decirlo. Para que me escuches un instante.
Por acá las cosas no cambian, el escenario, aunque diferente a la vista, resulta ser el mismo para el interior. Y ahora que lo pienso, me siento con más ánimo, con menos ganas de morir. Con algo de corazón.

Escribo y escribo y siento que llego al lugar que no quiero, a ese en el cual, parece que me estoy raspando las rodillas por un beso. Flagelándome la espalda por un abrazo. Y no es de esa forma. Simplemente te extraño. Te extraño pero no sé exactamente el porqué. Quizá extraño el romance novelesco que un día imaginé que podríamos inventar. La emoción de un viaje inesperado a cualquier lugar que se nos ocurriera. Las llamadas a media noche sin razón alguna. Hasta un estúpido buenos días a las siete de la mañana, justo la hora en que tomo el primer café.

Los paisajes que mi cabeza fabricaba, me hacían sonreír como idiota. Creí alcanzarlos con solo extender  la mano, pero al frente, sólo había toneladas de realidad. Realidad espantosa y cruda. Compromisos detestables, pláticas superficiales, muestras de falso interés. Repugnantes amantes de cinco minutos que se envuelven en capas de superhéroes, colgándose medallas al mérito por el número de cuerpos poseídos en batalla que por los corazones conquistados. Esa realidad que no me va.

Naturalmente volteo para ambos lados de la carretera antes de cruzar, que me pase por la mente, de vez en cuando, la idea de morir, no significa que quiera hacerlo de manera vulgar. Qué horrible final si un camión me pasara por encima. No es la clase de muerte que me interesa. Lo que me atrae de estar en la calle, con todos mis sentidos alerta, es la búsqueda de una casualidad definida: Encontrarnos.  Tratarnos como viejos amigos que no se han visto durante mucho o llegado el momento, ignorarnos. Como lo hemos estado haciendo todo el tiempo. Como si fuera lo que mejor nos sale.


Mis pasos me encaminan al lugar de siempre, donde comenzó todo. No me llena de nostalgia. Puedo hasta presumir que ni siquiera recordaba con exactitud, dicho detalle. Y sin embargo forma parte del mapa de mi vida y no puedo más que darle asilo en mi memoria. Evocarlo de vez en cuando por si llegase a provocarme una sonrisa, tenerle algo de cariño porque se lo merece.  Sí, supongo que te echo de menos. Todos tenemos la mejor forma de extrañar a alguien y a veces, sólo a veces, me gustaría ir allá en donde estás: Lejos de mi vida. 

diciembre 13, 2013

Por si las moscas.



Olvido, es una palabra grave, dice la gramática y también la vida misma. Olvido. Una palabra que, si mi opinión les viene adecuada, tiene una estructura hermosa. Olvido, una palabra que debería ser, aparte de protagonista en tantas historias a través de los años, el reflejo de lo bello y de lo que no lo es tanto. Del miedo y del placer. Olvido. Una palabra tan gastada por el uso diario y el abuso. Olvido, una palabra que se escribe para contradecir su razón de ser. Su motivo de vivir. Hay palabras que con frecuencia olvido, pero esta, no es una de ellas. Si he de ser franca, el olvido, no es una opción. El olvido es capaz de apagar las risas, de mermar los restos del alma juvenil que vaga entre recuerdos a distancia y puede, incluso, disolver las ilusiones de años venideros. Y el olvido es grave siempre que te haga dejar de sonreír. Por eso yo no te olvido. Puede que te haya guardado durante años, en cajas que acumularon motas de polvo, en el desván de mi vida. Puede incluso que haya manchado tu rostro con el café recién hecho y doblado la esquina de la página que escribimos alguna tarde, a orillas de un río. Pero no olvido. Y no es que la palabra, sea grave según la gramática del español, ni según la vida misma. No te olvido porque sea difícil y el terapeuta, decidiera subir su tarifa de honorarios, sin previo aviso. El olvido, ya lo he dicho, no es una opción. Es que aún me arrebatas sonrisas, a pesar de la frialdad de tus respuestas comprometidas, mayormente, a causa mía. Porque esa amabilidad de no dejarme con la palabra en los dedos, la valoro por ser una fracción de tu vida. Y no quiero el olvido. No me hace falta. Que olviden aquellos a los que el pasado no les sirve.
Pese a que vivir de recuerdos es, de cierto modo, insano, mi presente lo disfruto como la niña que sale de su casa la mañana de navidad a jugar con todos sus regalos. Y sin embargo, cuando cae la noche y los insomnios organizan su aclamada fiesta de té, me enfrento al olvido. Ese olvido que en cierta temporada se va de vacaciones para escalar el Everest. Ese olvido que me hace compañía en algún lugar inexplorado de tu cabeza, donde me gusta pensar que, a veces, habito. Y se está agusto. Perdóname si no te olvido y aún me quede el descaro de decirlo. La verdad es que la letras son lo único que tengo en abundancia y por si las moscas, lo escribo antes de que se me olvide.