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No me gustan los días en que me quedo en casa.

Los días en los que me quedo en casa dejaron de gustarme. Despierto, me preparo café y me quedo metida en las cobijas viendo alguna serie, leyendo el libro en turno o escuchando algún disco de la colección. Me levanto a comer y vuelvo a la cama, como si este fuera un ritual. Cada cinco minutos reviso el celular por si tengo alguna notificación, mantengo el sonido encendido y aunque no ha hecho ruido desde las últimas cuatro horas, enciendo la pantalla con un poco de esperanza. Los días en los que me quedo en casa dejaron de gustarme. Y es que, para mi mala fortuna, aún te extraño. Aún sigo soñando contigo y de vez en cuando, imagino que encontraré tu coche aparcado afuera de mi casa, esperándome porque tenías ganas de verme y de hablar conmigo.  Hay días en los que todavía me dan ganas de llorar, pero me hago la fuerte. Me digo que ya debería comportarme como una mujer. En los últimos días comprendí que la guerra la había perdido, cuando no ha pasado una noche en que no piense en ti …
Entradas recientes

En cámara lenta.

No cruzamos palabra en toda la noche, sólo nos hacíamos compañía. Saludabas a todas las personas y yo sólo recargaba mi brazo en el respaldo de tu silla, con la otra mano me llevaba el cigarro a la boca y soltaba el humo lo más lejos posible para que no te llegara. No te gustaba que fumara, pero te gustaba el aroma del cigarro combinado con el de mi ropa. Bebíamos vino tinto, sonreías a todo el mundo, te levantabas de vez en cuando a bailar mientras yo me quedaba observándote entre el humo de mi cigarro. Ibas de un lado a otro, al ritmo de la música que alguien estaba reproduciendo desde una lista de Spotify. 
No dejabas de sonreír, los rizos de tu cabello se movían como resortes en cámara lenta, de vez en cuando cerrabas los ojos, como si así la música pudiera entrar más en tu cuerpo. Las luces del lugar te seguían en cada movimiento, no podía apartar la vista de ti, envuelta en ese vestido negro lleno de luces. Daba pequeños tragos a la copa que descansaba en la mesa, desde donde t…

Una mañana

Todo fue tan raro. Cuando desperté la cama estaba vacía, había recuerdos por toda la habitación. Las cortinas serpenteaban con las ligeras ráfagas de viento que entraban por mi ventana. Escuchaba claramente el paso de los vehículos, el sonido del ventilador, la radio que solo sintoniza una estación sin ponerse loca. Tenía los ojos rojos de tanto llorar, no recordaba en que momento me había quedado dormida. La espalda me ardía, el corazón latía con fuerza, como si se fuera a salir de su lugar, la alarma de mi teléfono celular comenzó a sonar, faltaban cinco minutos para las seis de la mañana. Era lunes. Me levanté como pude y me acerqué a la cafetera a servirme una taza, no había nada, lo olvidé anoche. Saqué la bolsa de la alacena y puse a funcionar la máquina. Caminé descalza por toda la casa, sintiendo el frío del suelo, caminaba de un lado a otro sin saber donde detenerme ¿detenerme para qué? Nunca lo supe. Entré en la regadera y abrí la llave del agua fría, me caló todos los hues…

Serenidad.

Dicen que la parte más difícil es aceptar y continuar. La casa está llena de recuerdos tuyos, el suéter, las figuras, la acuarela, las notas que me escribiste y que están guardadas entre las páginas de mis libros, están también todas esas canciones que nos apropiamos y que cuando suenan, escucho con un ligero golpe en el corazón. Marcas indelebles de cuando fuimos felices. No sé si hoy es el adiós, si es un hasta luego. No tengo la certeza de nada, mañana bien podemos desaparecer y no me gustaría que el mundo terminara, sin saber a donde voy ir. Voy a cambiar la música cada noche, también la marca de mis cigarrillos o puede que esta vez los deje definitivamente. Me voy a levantar temprano para preparar y desayunar hot cakes en domingo. Placeres sencillos que ahora escasean. Siempre podré sacudirme el polvo de las rodillas.
No todo está perdido, mientras nos quede la sonrisa.



Pequeña libreta roja.

Algún día voy a escribir nuestra historia, para que sepan que la vida es lo mejor que nos puede pasar. 28 de agosto de 2015.
Le escribí aquello hace un par de años en una libreta roja, que ahora tengo de vuelta, le escribí porque estaba por salir de viaje a Orlando, era la primera vez que viajaba completamente sola y estaba aterrada, le habían contado un montón de cosas acerca del aeropuerto de Dallas y de cómo tenía que moverse a la velocidad de los chitas antes de que los montones de orientales, desembocaran en ese lugar cómo un cardumen de atún. Aquella libreta me la regaló una de mis mejores amigas en una ida a un café que con el tiempo dejó de existir, siempre me ha gustado que me regalen libretas, aunque casi siempre termino por abandonarlas un tiempo. Me pareció una idea escribirle algo y que se lo llevara, la libreta es pequeña, no le iba ocupar mucho espacio. Siempre he sido pésima para elegir obsequios, pero me pareció la mejor idea del mundo que la llevara. Me gustaba la idea…

El palmar

Sabes... Cuando se está tan triste, a uno le gustan las puestas de sol.  El principito. 
Me encantó la sensación de la arena en los pies, de las olas mojando los jeans rotos con los que llegué. Aquella tarde, me entregué al paseo, a disfrutar. Podía sentir cada gota de sudor en el cuello, podía sentir el sol quemando mi espalda.
Entré al bar, una cabaña a la orilla del mar con un montón de sillas acapulco, otras tejidas con mimbre y suelo de madera. Pedí una cerveza y me senté a ver la puesta de sol. Encendí mi cigarro y comencé a pensar en ti. Podía verte cerca del mar y me veía a mí misma, contigo, caminando de la mano y platicando de la primera vez que estuve aquí y que había bebido mucha cerveza en ése lugar con sillas acapulco. 
La música reggae me sacó de mi ensueño, en ocasiones podía sentir el olor a hierba. Minutos después te escribí, te mandé una fotografía, te regalaba por segunda ocasión un atardecer. 
Poco a poco la gente de la playa iba desapareciendo, yo seguía en el bar…

Black.

Le dedicaba canciones de Pearl Jam aún cuando sus gustos estaban a años luz de distancia. Solía escribirle frases que me saltaban de pronto en la cabeza o que había leído antes. Le escribía porque era lo único que hacía medianamente bien
Pasaba horas en los pasillos de arte de las librerías para comprarle algo y nunca encontraba lo ideal.  La mayoría del tiempo solíamos hablar de nada y de todo, me mostraba sus progresos en cada obra y con ello me enamoraba de cada pincelada. De cada trazo. De cada figura. Eran como caricias en mi espalda, como las líneas que dibujaba en mis tatuajes en alguna de esas noches compartidas.
Tal vez lo más difícil de las despedidas es que nos esperanzamos tanto en quedarnos, que partir se vuelve complicado. 
Prometí no volver a escribirte y no sabes lo complicado que es. No sabes lo que es pasar la tarde entera leyendo cosas que podrían gustarte o escuchando canciones que estaría feliz de dedicarte. No sabes como tu ausencia repercute en mi vida. 
Voy a …