julio 28, 2018

La diferencia.



Aún hay ocasiones en las que te pienso a deshoras, pero no me incomoda más tu fantasma. Ya no escribo notas en las servilletas de los restaurantes ni busco restos de amor en piezas de canciones. No te quiero tanto como solía hacerlo, ni encuentro la manera de verte diferente entre la multitud. Se ha perdido tu rostro entre miles más. Te quité el disfraz de musa, la inmortalidad del personaje novelesco y fijé en ti la humanidad. Aprendí a verte como a cualquier otra persona.
Qué diferente eres ahora que tu cabello no enreda mi mundo ni que tus largas manos sostienen todos mis miedos. Que distinta es ahora tu voz incapaz de emitir mi nombre. Silencio… no lo digas.
Y es verdad que a veces me arrepiento de entregarte todo. De regresar sin nada más que el peso de tu ausencia. De abrazar los recuerdos para que no se perdieran en el camino. Sí, a veces me arrepiento.
Te ves tan diferente ahora que repaso las viejas fotografías y es que si no me hubiera aprendido de memoria tu rostro, podría jurar que eres otra persona. Y sin embargo sigues siendo tú, antagonista de tantas pinches noches de insomnio, de tantas pláticas al calor del trago de whisky, fuiste tu la tormenta que antecedió esta calma. Que distinta te ves desde que no te quiero tanto.


febrero 25, 2018

Semáforo.


"Nadie entiende porque me aferro, nadie te ve como te veo"

Me ha preguntado donde estuve anoche. Con él y unos amigos suyos, respondí. Me preguntó como estaba él, sabía que hacía unas semanas había tenido problemas. Él esta bien, tiene que estarlo, le dije. ¿Y tú cómo estás? preguntó. Como si un camión de carga me hubiera pasado por encima. Quisiera contestarle. Le mentí cuando dije que estaba bien.
Dijo que llorar no era malo, pero que solo se valía llorarle una vez.
El semáforo se puso en verde, la canción cambió.



enero 06, 2018

Afterwords.

Turn the light off when you leave, close the door you're free from me. Afterwords - The Gathering.



Hoy parecía un día como cualquier otro. Salí de casa, me subí al coche y conduje hasta el trabajo escuchando música, sin otra cosa más en mi cabeza que no fuera la obsesión por esa banda israelí que desde ayer me anda rondando. Tamborileaba los dedos en el volante esperando que la luz del semáforo cambiara. Pensaba también en lo mucho que necesitaba un cigarrillo y un café. Quizá más lo segundo. 

Realmente parecía un día como cualquier otro, una sencilla comida con las compañeras de trabajo, unas cervezas y la tarde soleada. El sol bañando mi cara de camino a casa, parecía un atardecer de esos que el otoño nos regala. Y por primera vez luego de muchos días con sus noches, me sentí feliz, tranquila.

Me reía de la comedia de bajo presupuesto que la televisión nos regala y de los chistes rosas que contaba mi tía. Vi jugar a los chicos en la calle y reí por las ocurrencias que tenían, me reía con ganas, como pocas veces. 
Al llegar a casa solté la bolsa y me tiré en el sofá a ver el techo, a pensar en todo lo que había sucedido durante tanto tiempo, a pensar en los errores, en los días felices, en el atardecer a la orilla de la playa, en las heridas provocadas por caídas sin sentido, en la angustia de nuestra gente cercana. Pensé en todo. En lo que tenía, en lo que quería, en lo que buscaba. Y después de pensar en todo eso, me acordé de ti. Tomé el teléfono y borré todas las fotografías, incluso aquella en la que sonreímos sin ver a la cámara. 


Tal parece que los sábados son mis días favoritos para terminar.




noviembre 20, 2017

No me gustan los días en que me quedo en casa.

Los días en los que me quedo en casa dejaron de gustarme. Despierto, me preparo café y me quedo metida en las cobijas viendo alguna serie, leyendo el libro en turno o escuchando algún disco de la colección. Me levanto a comer y vuelvo a la cama, como si este fuera un ritual. Cada cinco minutos reviso el celular por si tengo alguna notificación, mantengo el sonido encendido y aunque no ha hecho ruido desde las últimas cuatro horas, enciendo la pantalla con un poco de esperanza. Los días en los que me quedo en casa dejaron de gustarme. Y es que, para mi mala fortuna, aún te extraño. Aún sigo soñando contigo y de vez en cuando, imagino que encontraré tu coche aparcado afuera de mi casa, esperándome porque tenías ganas de verme y de hablar conmigo. 
Hay días en los que todavía me dan ganas de llorar, pero me hago la fuerte. Me digo que ya debería comportarme como una mujer. En los últimos días comprendí que la guerra la había perdido, cuando no ha pasado una noche en que no piense en ti antes de dormir.
Los días en los que me quedo en casa dejaron de gustarme. Es cuando más te pienso porque no estoy ocupada en cosas que requieran mi total atención. Las canciones me saben a ti y aún después de tanto tiempo me descubro pensando que quizá esa o aquella podría gustarte. De un tiempo para acá decidí no volver a pasar por el pasillo de arte de la librería, pero todavía pasa que cuando entro, voy a dar vuelta a la derecha, donde está ubicada la estantería. Me paro en seco y sigo hacia el frente, donde se alcanza a ver "literatura iberoamericana" y ahí me quedo. Hay días en los que salgo sin comprar nada, otros en los que me hubiera gustado tener más dinero. Pero lo que nunca me falta es esa como nostalgia que se vuelve tu compañera.
A veces, quisiera que me quitaran esta necedad. Pero son estos días en los que me quedo en casa en los que me gustaría que estuvieras aquí. Quizá viendo Interestellar o The Martian. O hasta The Witch.

Pero que estuvieras.

noviembre 12, 2017

En cámara lenta.

No cruzamos palabra en toda la noche, sólo nos hacíamos compañía. Saludabas a todas las personas y yo sólo recargaba mi brazo en el respaldo de tu silla, con la otra mano me llevaba el cigarro a la boca y soltaba el humo lo más lejos posible para que no te llegara. No te gustaba que fumara, pero te gustaba el aroma del cigarro combinado con el de mi ropa. Bebíamos vino tinto, sonreías a todo el mundo, te levantabas de vez en cuando a bailar mientras yo me quedaba observándote entre el humo de mi cigarro. Ibas de un lado a otro, al ritmo de la música que alguien estaba reproduciendo desde una lista de Spotify. 

No dejabas de sonreír, los rizos de tu cabello se movían como resortes en cámara lenta, de vez en cuando cerrabas los ojos, como si así la música pudiera entrar más en tu cuerpo. Las luces del lugar te seguían en cada movimiento, no podía apartar la vista de ti, envuelta en ese vestido negro lleno de luces. Daba pequeños tragos a la copa que descansaba en la mesa, desde donde te observaba. No podía dejar de pensar en ti aún cuando estabas a escasos metros de distancia. Me preguntaba como le había hecho para dejarte ir. Sentía el calor del vino pasando por mi garganta al tiempo que descorchaba otra botella, mantenía el cigarro en la boca y podía sentir el humo paseando por mis ojos. Siempre me ha gustado el sonido que hace el vino al salir de la botella.

Poco a poco las personas fueron desapareciendo, dejando solo a unos cuantos refugiándose en los calefactores. El frío de la madrugada siempre me ha parecido el más salvaje de todos, ese tipo de frío que incita a servir un poco de whisky. No hablamos. Nos tomábamos la mano por debajo de la mesa, te acerqué mi saco para que te cubrieras porque estabas temblando. Platicabas con la persona de al lado, reías. Maldita sea, como me encantaba escucharte reír.

No cruzamos palabras en toda la noche, pero en mi cabeza mil historias sobre ti me inventé. Mientras bebía tinto, mientras te veía bailar y saltar bajo las luces tenues que decoraban el jardín. Te veía sonreír al tiempo que tu imagen se llenaba del humo que exhalaba, comenzaba a verte borrosa, cada vez más lejos, las personas ya no estaban, la música había dejado de escucharse, ya no había más sillas, no había nada. Sólo yo, sentada en medio del jardín, mi saco en el suelo y el montón de imágenes reproduciéndose en mi cabeza. 

Anoche que soñé contigo, me habías invitado a una fiesta. 

septiembre 17, 2017

Una mañana


Todo fue tan raro. Cuando desperté la cama estaba vacía, había recuerdos por toda la habitación. Las cortinas serpenteaban con las ligeras ráfagas de viento que entraban por mi ventana. Escuchaba claramente el paso de los vehículos, el sonido del ventilador, la radio que solo sintoniza una estación sin ponerse loca.
Tenía los ojos rojos de tanto llorar, no recordaba en que momento me había quedado dormida. La espalda me ardía, el corazón latía con fuerza, como si se fuera a salir de su lugar, la alarma de mi teléfono celular comenzó a sonar, faltaban cinco minutos para las seis de la mañana. Era lunes.
Me levanté como pude y me acerqué a la cafetera a servirme una taza, no había nada, lo olvidé anoche. Saqué la bolsa de la alacena y puse a funcionar la máquina. Caminé descalza por toda la casa, sintiendo el frío del suelo, caminaba de un lado a otro sin saber donde detenerme ¿detenerme para qué? Nunca lo supe.
Entré en la regadera y abrí la llave del agua fría, me caló todos los huesos, me estremeció como si una descarga eléctrica me hubiera machacado el cuerpo, dejé escapar un suspiro profundo, tan hondo que no me di cuenta cuando las lágrimas se mezclaron con el agua de la regadera, me apoyé de la pared para no resbalar. Podía sentir el agua cayendo en la espalda. Podía sentir como si el agua se fuera llevando mis pedazos. Como si quisiera llevarse todo lo que ya no necesitaba.
Salí de la regadera y apagué la radio que sólo puede sintonizar una estación. Me tenía cansada la voz del locutor, con ese acento sureño que tanto detesto.
Tomé mi teléfono celular y encendí las bocinas. Dejé que el aleatorio hiciera su trabajo. Me quedé envuelta en la toalla de baño, sentada en la sala, con el cabello mojado cuando saltó sin avisar, una canción que comenzaba a saturar el ambiente con el recuerdo de aquella noche en su habitación. Con solo la luz que alcanzaba a filtrarse por las persianas. Aquel cuarto frío que muchas veces la hizo de refugio para nuestros encuentros furtivos. Abrí los ojos... había un dolor punzante en mi pecho, como un pequeño calambre que va de la garganta al corazón.
Todo fue tan raro. No podía seguir escuchando aquella melodía, no soportaba el timbre de voz de Beth Gibbons, no podía escucharla sin sentir el crujido de mis huesos, como si me los trituraran. Y tampoco era capaz de detenerla. Tenía que terminar en algún momento, tenía que callarse, tenía que dejar de recordarme lo vulnerables que somos ante los recuerdos que más atesoramos.
Y ahí estaba, sin poder moverme, envuelta en una toalla de baño con el cabello mojado, mientras la cafetera hacía su trabajo, mientras el tiempo seguía corriendo, con Beth Gibbons abriendo caminos en mi cabeza, con el suelo frío calando en mis pies.
No había lugar a donde ir, no había forma de escapar, no podía cerrar los ojos sin ver los tuyos. Por hoy no encontré salida. Me levanté del sillón, solté la toalla de baño y me enfundé en la armadura del día. Me miré en el espejo y como pude cubrí las ojeras, acomodé mi cabello y salí de casa, me puse los audífonos y volví al tema. Seleccioné “Roads” de la lista de reproducción, el camino todavía era largo y me quedaba la esperanza de poder tirar la tristeza en la calle.



La diferencia.

Aún hay ocasiones en las que te pienso a deshoras, pero no me incomoda más tu fantasma. Ya no escribo notas en las servilletas de lo...