marzo 26, 2014

Extraño(s).


Sobra decir que te echo de menos. Los días pasan como si llevaran prisa y lo primero que me viene a la mente es eso, como si te tuviera en frente o al lado para decirlo. Para que me escuches un instante.
Por acá las cosas no cambian, el escenario, aunque diferente a la vista, resulta ser el mismo para el interior. Y ahora que lo pienso, me siento con más ánimo, con menos ganas de morir. Con algo de corazón.

Escribo y escribo y siento que llego al lugar que no quiero, a ese en el cual, parece que me estoy raspando las rodillas por un beso. Flagelándome la espalda por un abrazo. Y no es de esa forma. Simplemente te extraño. Te extraño pero no sé exactamente el porqué. Quizá extraño el romance novelesco que un día imaginé que podríamos inventar. La emoción de un viaje inesperado a cualquier lugar que se nos ocurriera. Las llamadas a media noche sin razón alguna. Hasta un estúpido buenos días a las siete de la mañana, justo la hora en que tomo el primer café.

Los paisajes que mi cabeza fabricaba, me hacían sonreír como idiota. Creí alcanzarlos con solo extender  la mano, pero al frente, sólo había toneladas de realidad. Realidad espantosa y cruda. Compromisos detestables, pláticas superficiales, muestras de falso interés. Repugnantes amantes de cinco minutos que se envuelven en capas de superhéroes, colgándose medallas al mérito por el número de cuerpos poseídos en batalla que por los corazones conquistados. Esa realidad que no me va.

Naturalmente volteo para ambos lados de la carretera antes de cruzar, que me pase por la mente, de vez en cuando, la idea de morir, no significa que quiera hacerlo de manera vulgar. Qué horrible final si un camión me pasara por encima. No es la clase de muerte que me interesa. Lo que me atrae de estar en la calle, con todos mis sentidos alerta, es la búsqueda de una casualidad definida: Encontrarnos.  Tratarnos como viejos amigos que no se han visto durante mucho o llegado el momento, ignorarnos. Como lo hemos estado haciendo todo el tiempo. Como si fuera lo que mejor nos sale.


Mis pasos me encaminan al lugar de siempre, donde comenzó todo. No me llena de nostalgia. Puedo hasta presumir que ni siquiera recordaba con exactitud, dicho detalle. Y sin embargo forma parte del mapa de mi vida y no puedo más que darle asilo en mi memoria. Evocarlo de vez en cuando por si llegase a provocarme una sonrisa, tenerle algo de cariño porque se lo merece.  Sí, supongo que te echo de menos. Todos tenemos la mejor forma de extrañar a alguien y a veces, sólo a veces, me gustaría ir allá en donde estás: Lejos de mi vida. 

diciembre 13, 2013

Por si las moscas.



Olvido, es una palabra grave, dice la gramática y también la vida misma. Olvido. Una palabra que, si mi opinión les viene adecuada, tiene una estructura hermosa. Olvido, una palabra que debería ser, aparte de protagonista en tantas historias a través de los años, el reflejo de lo bello y de lo que no lo es tanto. Del miedo y del placer. Olvido. Una palabra tan gastada por el uso diario y el abuso. Olvido, una palabra que se escribe para contradecir su razón de ser. Su motivo de vivir. Hay palabras que con frecuencia olvido, pero esta, no es una de ellas. Si he de ser franca, el olvido, no es una opción. El olvido es capaz de apagar las risas, de mermar los restos del alma juvenil que vaga entre recuerdos a distancia y puede, incluso, disolver las ilusiones de años venideros. Y el olvido es grave siempre que te haga dejar de sonreír. Por eso yo no te olvido. Puede que te haya guardado durante años, en cajas que acumularon motas de polvo, en el desván de mi vida. Puede incluso que haya manchado tu rostro con el café recién hecho y doblado la esquina de la página que escribimos alguna tarde, a orillas de un río. Pero no olvido. Y no es que la palabra, sea grave según la gramática del español, ni según la vida misma. No te olvido porque sea difícil y el terapeuta, decidiera subir su tarifa de honorarios, sin previo aviso. El olvido, ya lo he dicho, no es una opción. Es que aún me arrebatas sonrisas, a pesar de la frialdad de tus respuestas comprometidas, mayormente, a causa mía. Porque esa amabilidad de no dejarme con la palabra en los dedos, la valoro por ser una fracción de tu vida. Y no quiero el olvido. No me hace falta. Que olviden aquellos a los que el pasado no les sirve.
Pese a que vivir de recuerdos es, de cierto modo, insano, mi presente lo disfruto como la niña que sale de su casa la mañana de navidad a jugar con todos sus regalos. Y sin embargo, cuando cae la noche y los insomnios organizan su aclamada fiesta de té, me enfrento al olvido. Ese olvido que en cierta temporada se va de vacaciones para escalar el Everest. Ese olvido que me hace compañía en algún lugar inexplorado de tu cabeza, donde me gusta pensar que, a veces, habito. Y se está agusto. Perdóname si no te olvido y aún me quede el descaro de decirlo. La verdad es que la letras son lo único que tengo en abundancia y por si las moscas, lo escribo antes de que se me olvide.

noviembre 26, 2013

Once años.




Dolió. De una forma muy parecida a cuando la delgada hoja de afeitar, abre surcos en la piel. Era un dolor silencioso, progresivo. Quería gritar pero mi voz se ahogaba. Se perdía en este escenario, al que nunca supe como fue que llegué. Me encontraba en casa, de eso podía estar segura. Pero era diferente, era igual a cuando tenía once años. El calentador de agua, nuevamente, necesitaba de leña y cerillas. La puerta de la regadera tenía ese penoso color naranja que tanto odiaba. Y sin embargo, me daba cuenta de que no tenía once años y que era imposible que, de la nada, el pasado se materializara frente a mis ojos.

Entré y todo estaba a oscuras, solo se escuchaba el ruido del refrigerador. Abrí la puerta de la habitación del fondo, esperaba encontrarla ocupada por un cuerpo. Esperaba escuchar su acompasada respiración, el olor a brillantina tan característico. Pero no había nadie, la cama estaba hecha, la pequeña televisión a blanco y negro descansaba sobre el buró, igual que cuando tenía once años, pero nadie estaba ahí. Pasé a la siguiente habitación, la que ocupé durante tanto. Pero también estaba vacía. El aparato de sonido panasonic, se encontraba en un enorme mueble de madera y la silla mecedora, frente a él. Señal de que alguien había pasado la tarde meciéndose con música. Nadie se encontraba en casa y era muy tarde para estar dando un paseo, además podía ver el coche estacionado bajo la sombra del pingüico.

Caminé hasta la cocina. Había comida, todavía caliente, en los sartenes. Me faltaba un lugar por recorrer, decididamente dejé esa habitación para el último, esperaba, al entrar, ver a tía, atravesada en el suelo, donde solía dormir antes de casarse, porque dice que en el suelo, se descansa mucho mejor, pero las mantas estaban pulcramente dobladas en una esquina del cuarto de abuela. Y abuela, tampoco estaba. Desde el principio estuvo claro que no había nadie. Quizá lo estaban poco antes de que yo llegase. No lo sé. Regresé al patio y ahí se encontraba la enorme planta morada. Pata de león, supe que se llamaba mucho después. La misma planta, donde a los once años, quedé atrapada con todo y bicicleta porque ya me habían dicho que no debía pedalear dentro de casa y no hice caso.

Respiraba el aire del pasado y aún no entendía la razón de mi estancia aquí. Me tiré en el suelo y recliné la espalda en uno de los extremos del enorme portón verde. Me sentía cansada y la cabeza comenzaba a doler. Dolía mucho y no era parecido al de la delgada hoja de afeitar abriendo surcos en la piel. Era un dolor punzante, amenazador. Recorría a grandes velocidades todas mis terminaciones nerviosas, las zarandeaba hasta dejarlas fatigadas. No me sentía capaz de abrir los ojos y estos empezaban a humedecerse. Lloraba exactamente igual a como lo hacía a los once años cuando me raspaba las rodillas. Igual a cuando me abrí la cabeza con el cristal de la ventana y la sangre manchó mi camiseta de Snoopy. Lloraba, no sé si de dolor o de miedo o ambos. Miedo a que al abrir los ojos ya no estuviera todo esto. Dolor, ese dolor que no podía recordar de donde provenía. Porque todo había empezado así, con un ligero dolor cerca del corazón.

Comencé a sentir frío y un agudo sonido, un odioso sonido a cortos tiempos, llegaba hasta mí, extendí las manos para ir palpando la superficie que ya no era de concreto firme, sino suave y un tanto fría. Abrí los ojos, todavía húmedos y aunque no pudiera verlos, estaba segura de su color rojizo. Encendí la lámpara y con un poco de dificultad alcancé el jodido despertador. El amanecer entraba por las persianas de mi habitación, el ruido de los automóviles ya me era tremendamente familiar y el olor a café recorría toda la casa, cómo cada mañana. Cogí el móvil, tenía varias notificaciones en esa aplicación de mensajería instantánea. La mayoría eran de amigos que habían entablado una jocosa plática en la madrugada. El otro era de una amistad que tenemos en común, anoche, antes de dormir me dijo que te había visto muy feliz con alguien. Entonces recordé de donde había venido el dolor cerca del pecho, eras tan feliz que cuando te pregunté cómo estabas, decidiste  guardar silencio.  Por eso necesitaba, una sola vez, de esa niña de once años, que pasaba las tardes frente al equipo de sonido panasonic meciéndose con la música. Ella estaba protegida, segura, sin una cama fría y vacía.

noviembre 12, 2013

No le cuentes a mi madre.




Echo de menos ponerme hasta el huevo. Rezarle a dios todos los domingos porque siento que me lleva la verga. Revisarme los bolsillos de los jeans que he usado durante tres días y no encontrar nada. Ni el pinche encendedor que saqué de la primera fiesta a la que llegué esa noche. También echo de menos el olor a hierba, impregnado, en mi chaqueta. Los restos, ya secos, que salían de mi cartera donde, a veces, me guardaba un porro. Pues es que a mi billetera siempre le ha faltado el varo. Pero me hice de camaradas que me liaban un cigarro “para el camino”. Una borrachera, tras otra y así, el fin de semana se iba al carajo y yo, junto con él.

Odiaba el ruido que la cafetera hacía por la mañana, me daba en la madre la luz que se colaba entre las persianas. La cabeza comprimiéndose, preparándose para reventar y esparcir, por toda la habitación, materia gris. Detestaba las arcadas provocadas cuando el alcohol buscaba una vía de escape. Me ahogaba, me quemaba la garganta y no soportaba el picor en mis ojos. El aroma fétido, la diversión descomponiéndose dentro de mí. El asco. La cruda hija de puta. 

Miraba la billetera y aceptaba que los próximos días viviría con austeridad. Que no me alcanzaría para comprar el periódico, ni para una comida, medianamente, decente. Que un día o tal vez dos, tendría que apañármelas con café instantáneo. Que estaba a punto de pasar otra semana renegando de mi trabajo porque no puedo dejarlo ahorita que no tengo un centavo. Que no habría whisky, sólo licor barato que embrutece el alma. Que diluye arrepentimientos y acentúa los dolores.
¿Qué más da? El lunes no será peor que este pinche domingo lleno de malestares. De recuerdos a medias. De las intenciones de olvidar y de olvidarte, echadas al inodoro, junto con el vómito y las risas. Y ahora que lo pienso, el retrete no era tan malo. Estaba frío, me refrescaba la frente, me relajaba. Podía dormir ahí. Podía, si me daba gana, ahogarme entre las pendejadas de la noche, los meses y hasta los años anteriores. Ahogarme, si me daba gana, en todas las veces que me equivoqué y me arruiné. 

Puede que sí lo eche de menos, pero no me está haciendo falta. Y si me preguntas, no ha cambiado gran cosa. Aquí estoy, riéndome de los nombres pendejos que le damos a las estrellas, jodida, en la azotea y bien pinche marihuana.